Qué frío hace. Encima, llueve… Me gusta caminar bajo la lluvia y sin paraguas, porque las cosas tienen un aspecto distinto, como más triste o más desleído.
Como cualquier hijo de vecino, camino mirando hacia abajo, lo que me permite descubrir cosas inadvertidas en un día de sol y urgencias cotidianas.
El aspecto de las calles después de una gran tormenta es distinto al de ese mismo paisaje bajo la llovizna. No nos confundamos. Un paseo después de un temporal es casi un trabajo de campo arqueológico, una kermesse para el curioso. Se encuentran restos un poco más trágicos: media maceta, ramas de árbol desgajadas, paraguas destripados, fragmentos arrancados prematuramente de su origen por un gigante furibundo. No, me refiero a una lluvia tranquila, bajo la cual uno encuentra cosas que ya han sido descartadas por sus dueños.
Lo primero que veo es un naipe: un seis de bastos. No lo levanto, está muy estropeado y además ya lo tengo. Es que estoy armando un mazo de barajas compuesto exclusivamente por cartas encontradas, y todavía me faltan muchas. Igual, no tengo apuro por completarlo; calculo que en unos veinte o treinta años más podré tener las 40 piezas. Y eso que el Destino me ha tentado muchas veces con mazos cuasi completos, tirados ahí, junto al agua podrida (1). Pero tomar todas esas barajas sería como burlarse de los dioses, así que he seguido de largo, con cierta dignidad (o como diría Cortázar, “vagamente seguro de haber hecho bien”).
Hojas. Millones de hojas. Toneladas cúbicas de hojas, ramitas, semillas, espículas y otras partes de árboles que ya no sé diferenciar. Aquellas mismas hojas secas de otoño, que uno pisa con tanto deleite, oyendo sus craaaacks. ¡Qué sonido tan saludable! Ahora, en cambio, no sólo no hacen ruido, sino que amenazan con hacerte resbalar y caer al piso como una bolsa de papas.
Un… ¿Cómo decirlo? Un detritus caninus, de tamaño similar a la torta de cumpleaños de King Kong, con una pisada en medio, de la talla del paseador de Godzilla. Je, uno que no miró hacia el suelo cuando caminaba… Yo sí, siempre. Igual, si llego a pisar uno de ésos, tengo un método que funciona: se mete la pata en un charco, luego se la arrastra por tierra seca o arena (óptimo) y luego por el pastito que crece en los bordes de la vereda. Repetir 2 ó 3 veces, y voilá.
Un blister de algún medicamento. Una llave toda oxidada. Un pedazo de papel, caprichosamente aplastado contra una baldosa, con unas palabras escritas y semi-lavadas. La grafía es extraña, como escrita sobre una superficie despareja, o en movimiento. Por causa de la lluvia, no llevo puesto los anteojos, y no alcanzo a leer. ¿Qué dirá? “Medio kilo de pan y 3 huevos”. O “Golpee, no funciona el timbre”. Peor: “…no ves que no podemos seguir así?…”. Me voy sin saberlo. Tal vez la letra esté movida por ese extraño efecto que queda al escribir mientras se llora.
Para abreviar: recomiendo fervorosamente dejarse llevar por la lluvia, sin GPS ni reparos, y que la geografía misma de la ciudad nos vaya indicando el camino. Vale la pena.
Banda de sonido para esta entrada:
1) Pedro y Pablo – ¿Dónde va la gente cuando llueve?
2) Flash and the Pan – Walking in the Rain.
3) Julio Sosa – Por la vuelta.
4) Tom Waits – Rain Dogs.
5) Patricio Rey y Los Redonditos de Ricota – Ella debe estar tan linda.
6) Led Zeppelin – The Rain Song.
(*) Por costumbre, al agua que discurre junto al cordón de la vereda le llamo agua podrida, aunque sea Perrier sin embotellar. Una cosa de la infancia…

