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“Ahhh… la época de Ramsés II…”

Hay en el mundo una raza de gente privilegiada: esa que siempre cae en el lugar indicado, en el momento preciso, que llega a horario para vivir la Edad de Oro…
Uno, generalmente, no pertenece a este selecto grupo. Vaya adonde vaya, mi estirpe siempre llega a los lugares cinco minutos después de los buenos momentos.
Para dar una ligera idea de lo que quiero describir, vayan estos ejemplos.

  • CASO 1: supongamos que es usted un hombre masculino y conoce a una señorita de buen ver. Salen, se divierten, beben tragos de colores en fiestas con amigos. Usted lo pasa bien, hasta que ven juntos un viejo album de fotos de ella. Y entonces comprueba que esta interesante mujer de hoy, hace unos años era una terrible yegua, un fatal cóctel genético de Angelina Jolie, Raquel Welch y Mónica Bellucci. Y lo que a usted le inflama la sangre es no haber estado allí. Peor: saber que algún guacho lo disfrutó antes, en el mejor momento. Para que se entienda, es como si Don Johnson le pasase una copia de “Doble de Cuerpo” de Brian de Palma a Banderas y éste viera el numerito de Holly. Tarde piaste.
  • CASO 2: Usted llega a un nuevo empleo, donde comienza a conocer los detalles de su trabajo y a sus nuevos camaradas. No faltará, seguramente, quien le refiera las magníficas condiciones de trabajo que había hace un par de años atrás, cuando usted aún no estaba ahí: que el Jefe de Personal era comprensivo, que la comida del Comedor era excelente, que no sabés qué buenas estaban las secretarias, que los sueldos estaban equiparados con los de las multinacionales, que… que… Tarde piaste.
  • CASO 3: De algún modo, usted ingresa a un nuevo grupo de amiguetes. Son agradables, buenos conversadores, ocurrentes, pero no puede faltar el “no sabés las festicholas que organizábamos hace unos años, cuando estaba Fulano, que era el alma de las fiestas. O Mengano, que se murió, pobrecito. ¿Lo conociste a Mengano? No sabés lo que era, cómo nos hacía reir…”. Tarde piaste.
  • CASO 4: Usted nace en Argentina, en los ’60s. No puede evitar oír las añoranzas de sus parientes que evocan la Edad de Oro, cuando “no se podía caminar por los pasillos del Banco Central, por la cantidad de oro acumulado!” Y usted lo único que ha conocido es la recesión, o la hiperinflación, o las devaluaciones… Tarde piaste.

Siempre hemos llegado tarde a todos lados. Cuando llegamos a una fiesta, están barriendo las serpentinas del carnaval carioca.

¿Y cómo se sale de este círculo de noria?
Una opción podría ser, tal vez, dejar de ser un perpetuo recién llegado y generar uno mismo sus propias Edades de Oro. Organizar fiestas donde la gente la pase bien y se diviertan con uno. O amar incondicionalmente a esas mujeres que han tenido un pasado revoleador, porque aún nos pueden brindar un futuro muy interesante. Tratar, en definitiva, de ser uno cada día un poco mejor para que, allá en el futuro, alguien nos sea presentado en una fiesta y nos diga: “¡No sabés cuánto me han hablado de vos! ¡Tenía muchas ganas de conocerte..!”

Para nosotros, los hombres que trabajamos solos de noche, la radio fue siempre la amiga ideal: nos hace compañía sin exigirnos demasiado, apenas un poco de atención consciente cada tanto.
Mi relación con ella viene de mi niñez, donde siempre hubo alguna, pero jamás olvidaré un primer encuentro con una radio que, creo, era de mis abuelos, y podría fechar más o menos a mis diez años. Había en la casa un mueble bajo, oscuro y con dos puertas, como un pequeño aparador lleno de molduras. Al parecer, siempre había estado allí, sin que yo lo notase. Y un día, estando solo en la casa, me acerqué al mueble misterioso y, al abrir las puertas, me encuentro con un aparato extraño, con tres perillas gordas, rosadas y tentadoras. La de la izquierda, al ser girada en sentido horario, y tras un click inicial (que a mis pocos añitos sonaba como un fuerte y eléctrico ¡Tump!) servía para encender el aparato y darle volumen. Al comienzo se escuchaba un zumbido ligeramente amenazador y, de a poco y como viniendo del pasado, unas voces cordiales o una música un tanto distorsionada. Era una vieja radio de válvulas, y ya ver ese resplandor gradual era todo un programa…
Al girar la perilla central (menos de un cuarto de vuelta, la rueda se clavaba entre esos dos puntos con un ¡tuc! bastante seco) se podía elegir entre Onda Corta y Onda Larga, lo que supongo ahora se le llama MW o AM. Finalmente, la perilla derecha permitía navegar por las distintas estaciones de radio de esa época.
Cuando entendí que la onda corta sintonizaba programas de lugares lejanos, las posibilidades del asombro se multiplicaron. Hasta fantaseaba con la posibilidad de pescar alguna transmisión inusual: la voz de los marcianos o un pedido de socorro venido del más allá. Todavía se me eriza la piel al rememorar esa muda espectación con la mirada en la nada, la mano girando minuciosamente la perilla del sintonizador, como si fuera la caja fuerte de Alí Babá.

Y esperaba que todos se fueran de la casa, aunque sea a comprar al almacén de Jesús, que quedaba a la vuelta de mi casa natal. Y cuando me quedaba solo… ¡Qué momento inolvidable! Era la Hora Mágica. Sonido, sí, y también esas lucecitas rojas y verdes, y ese logotipo de la Stromberg-Carlson, y la fantasía de estar manejando una extraña máquina alienígena, hermosamente diseñada, con ese zumbido valvular y esas voces distantes, antiguas, artificiales tal vez…

Después vinieron otras radios: otro mueble más grande llamado combinado, con radio y bandeja para longplays; una Noblex Siete Mares, y los inevitables combos de radio-reloj, radio-tocadiscos portátil o radio-grabador. Obviamente, no le llegan ni a los tobillos a esa radio de mi niñez, una señora ya antigua para mi época, pero con ese aire de aristócrata venido a menos que me conmovía. Y su recuerdo aún hoy me emociona…


En la literatura fantástica o de ficción existe un subgénero conocido como ucronía en donde se especula con líneas temporales alternativas a las ya conocidas; por ejemplo, ¿qué pasaría si la bomba atómica no hubiese sido arrojada sobre Japón en 1945?
Ejemplos conocidos de ucronías son “Fatherland” de Robert Harris (Hitler no perdió la guerra); “Pavana” de Keith Roberts (la reina Isabel de Inglaterra es asesinada en 1588, lo que permite la supremacía de la Iglesia en Europa) o “Lo que el tiempo se llevó” de Ward Moore (los confederados ganan la Guerra Civil estadounidense). El chiste está en elegir un nudo histórico clave, como el Descubrimiento de América, la Reconquista española o la Revolución Industrial en Inglaterra, y jugar con las fuerzas predominantes en ese período como en un sofisticado ajedrez; algunas veces desembocan en discronías (presentes negativos) y otras en eucronías (mejores que la historia actual).
Jugueteando un poco con la idea, pensé un poco en nuestro terruño: ¿y si Mariano Moreno no hubiese muerto en alta mar? ¿O si en las Invasiones Inglesas hubiéramos perdido? ¿Cómo serían hoy las cosas? Como cada nudo histórico está emparentado con otros sucesos mundiales, tal vez la historia sería peor o mejor que ésta, pero tal vez sabría menos amarga. Según de qué lado del mostrador estuviese uno, claro…
Estas especulaciones me llevaron a mirar más cerca aún: mis propios nudos históricos. En nuestra historia personal hubo puntos claves en los que hemos tomado decisiones cruciales que influyeron en nuestro presente, y en el de otras personas. ¿Y si hubiera aceptado tal o cual propuesta? ¿Y si hubiera tomado ese tren que dejé pasar? ¿Qué estaría haciendo ahora? ¿Sería el mismo tipo?
Da que pensar… especialmente cuando uno acaba de cumplir años, y se siente obligado a mirar hacia atrás, y ver qué ha hecho con su vida.

Quién no escuchó la famosa frase “porque en mi época…”? O esta otra, tan repelente para mí: “Todo tiempo pasado fue mejor”. ¿Qué significa esto?

En toda reunión en donde se encuentre al menos una persona más joven que Matusalén, en algún momento dejará caer la queja habitual. Que los jóvenes de ahora están en la joda, que antes había seguridad, que los chicos ya no pueden jugar en la vereda, que… En fin, creo que se entiende, no?
Cuando yo era chico (digamos, los años sesenta), ya se escuchaba esta frase. O sea, si dicen que esta época es una desgracia y hace cincuenta años no, se equivocan, porque tampoco aquélla era una buena época. Siguiendo el esquema rectilíneo, entonces, ¿dónde está esa Edad de Oro? Si cada generación dice que ANTES todo era mejor, ¿cuándo es ese antes? Si le preguntásemos a un señor de nuestra época colonial, ¿diría que la suya es una buena época? Sospecho que no.
¿Cómo se mide la bonanza de una época? ¿Por la economía? Supuestamente, la economía está mejor ahora que hace diez años ¿Por las libertades individuales? Estamos bastante mejor ahora que durante, digamos, la Roma de Nerón. ¿Por la expectativa de vida? En promedio, ha subido a unos 66 años, y se estima que llegará a 73 para el 2025. ¿Y entonces?
Ese señor que hace unos días me decía que durante la Dictadura de 1976 había menos inseguridad en las calles, ¿ésa era su medida de “una buena época”? Si le preguntáramos a un sobreviviente de Hiroshima (y pudiera contarlo, claro) , dudo que pueda recordar esos años con añoranza. Hace 200 años te podían matar en la calle, y no venía el equipo de CSI a buscar huellas digitales. La “seguridad” es un invento moderno.
Y sin embargo, sigo escuchando este tópico falaz. Porque (nos) mentimos cuando afirmamos que ANTES todo era mejor. A ningún neurótico le gusta su propia época: prefiere una era perfecta, más cercana a la fantasía que a la rigurosidad histórica.
Si a cada generación le toca una era peor que la anterior, entonces no hay futuro. Y no puedo estar de acuerdo con eso. Prefiero creer que la historia de los países es basculante, y oscila entre aparentes épocas buenas y malas. Que lo que fue bueno para unos, pudo haber sido un infierno para otros.
Y que nuestro presente, dulce o amargo, es la época en la que podemos vivir.

Cierro esta reflexión con el estribillo de Good Times are Now, de Roger Taylor (Fun in Space, 1981):

Vive el presente, es lo único que tenemos.
Nadie sale vivo de aquí.
La vida en el Futuro bien podría jamás ocurrir.
Vos sabés, ¡ESTOS son los buenos tiempos!

No hay caso, che, me estoy volviendo viejo. Y no, no estoy por quejarme de las canas o las arrugas: son parte del juego éste del crecimiento. A lo que voy es que estoy envejeciendo mentalmente.
Desde hace un tiempo, noto ciertos cambios que, lejos de asustarme, me llaman la atención, porque también los noto en otros colegas cronológicos:

Música
Antes: A la pregunta, “Qué es Iron Maiden?”, contesto con la formación completa, el año en que comenzaron, y hasta el nombre del almacenero que le fía a Steve Harris.
Ahora: no sé ni quién es el cantante de Pier….
Antes: disfruto mucho del sonido y pongo el estéreo al mangazo, hasta que alguien me lo hace bajar de una rotunda patada en el tujes.
Ahora: me molesta “esa música ruidosa”, y se me da por escuchar cosas más tranquilas. Incluso, cada día sintonizo la radio en vano, esperando colocar el 94.3 y que suene Horizonte.
Antes: cuando alguien pone Soda Stereo me molesta, porque me parece música hecha por tres chetitos con recursos, que copian a Police, The Cure o Howard Jones (el estribillo de Prófugos es igual a “Things Can Only Get Better”).
Ahora: cuando alguien pone Soda Stereo me molesta, porque pasaron 20 años y no logro dejar de oírlos. En cambio, he tenido más suerte con Los Helicópteros.

Cine
Antes: ver películas como “Las Alas del Deseo” me hacen reflexionar.
Ahora: ver películas como “Transformers” me hacen dormir.
Antes: Robert deNiro me parece un actor formidable.
Ahora: Robert deNiro me parece un ladri: hace de él mismo en todas las películas. Incluso usa los mismos tics.

Salidas
Antes: las reuniones con amigos derivan en interminables charlas sobre cómics (“Moebius es mejor que Bilal?”), películas, deportes o lo que sea. ¡Uno sólo quiere que duren para siempre!
Ahora: las reuniones con amigos derivan en interminables charlas sobre la inseguridad, el precio de las cosas o las enfermedades. ¡Uno sólo quiere encontrar una buena excusa para irse!
Antes: ir a eventos locos, en locales extravagantes y con artistas desconocidos, es una salida excitante.
Ahora: ir al tenedor libre, rogar que esos canelones no tengan E. Colli y hacerse el amistoso con el parrillero para ligar un chorizo más, es una salida excitante.

Resumiendo: noto que he perdido la paciencia; estoy en la edad del “para qué”: cualquier propuesta me hace pensar si vale la molestia…
- Viste Lost?
- Probaste Twitter?
- Actualizaste a Windows Vista?
Me cuesta sumarme al rebaño, pero no por elitista: porque no entiendo, ni siento esa urgencia o pasión (no sé como definirla) por convertirse a la nueva religión. Y es que mucho de lo que disfrutan las gentes de ahora, yo ya lo hice, o lo ví, o lo escuché, en compañía de gentes que ya no están conmigo. Ya no es nuevo…

No quiero extenderme mucho. Sólo quería compartir esta sensación que tengo, de estar parado en medio de un territorio que me parece extraño, rodeado de gentes que hablan en un dialecto que no comprendo.