teorías conspirativas


(Luchador-Tigre, P.G.Bazán 1989)

Estamos rodeados por el marketing. Si nos entregamos pacíficamente, seremos picadillo de carne. Si resistimos, será mera cuestión de tiempo hasta que caigamos en la picadora de boludos…
En la tele, en la radio, en el cine y las revistas, nos bombardean con órdenes básicas de este tipo:

  • Manda YA un SMS al *2828 con el texto NOVI, y te podés bajar a tu celular los mejores cuentos de borrachos!
  • Entrá a www.somosunosnabos.com, poné tu foto mostrando el píloro, y así ayudás a los pandas a tener un matrimonio feliz.
  • Salvá al fifanodonte del Transvaal de la extinción enviando un mail con “FIFA SI” en el asunto, a la dirección ….
  • Descargá gratis de su propia página el documental Zeitgeist, y vas a descubrir cómo te estuvieron mintiendo toda tu vida… (sic).

La publicidad siempre nos trató de lavar el cerebro; eso no se discute. El problema actual es el nivel infantil de las motivaciones. Cualquiera que recuerde la campaña de márketing viral “Que vuelvan los lentos” de una marca de snacks, sabrá de lo que hablo: no había programa de radio o TV, ni conversación casual que no mencionara la cuestión de los temas lentos, e invitaba a no sé que absurda compulsa en un sitio ad-hoc. Para peor, el tema ese de Foreigner ya me repelía cuando era nuevo, calculen lo que me provoca 20 años después…
Muy fastidioso son los avisos de una ¿empresa? que muestra -vía celular- chistes, consejos sexuales, videos de colegialas o chistes impresentables. ¿Quién puede ser tan pelotudo como para pagar para le envíen el cuento de los perros del Curro? Y sin embargo, como diría un amigo pescador, los peces pican. Sólo se trata de poner la carnada adecuada…
Entonces, ya que no podemos evitar que la publicidad (disimulada al principio, descarada hoy día) nos intente lavar la cabeza, modestamente propongo un antídoto que nos permita salir airoso de un enjuague final.
La idea me la dio Alfred Bester en “El Hombre Demolido”, donde el villano engañaba a los telépatas que querían “leerlo” mediante la repetición mental de una melodía pegajosa de estribillo irresistible (“Tensión, compresión y empieza la disensión!”). En vez de preciados secretos, lo que se llevaban los invasores era una tonada insoportable en su propia cabeza.
Ante los primeros síntomas de posesión, debemos desacreditar la canción o mensaje, alterando su contenido. Por dar un ejemplo, cuando era chico pasaban una publicidad de arvejas “Valle de Oro”, que me molestaba por su repetición. Le cambié la letra, y a tal punto tuve éxito, que hoy sólo recuerdo mi versión fraudulenta (“…Ahí vienen las arvejas, están todas podridas, Arvejas Valle de Oro, Arvejas Valle de Oro…”). Olvidé cómo sería la original.
Si un jingle radial insoportable alaba las virtudes de un producto, cambiémosle la letra para denostarlo. Se nos pegará más nuestra versión inofensiva que la del producto. Y por supuesto, ni hablemos de comprar dicho producto o servicio. ¿O usted, lector, contrataría un seguro porque vio un aviso gracioso?
Armémonos, camaradas, que la lucha hoy día no es por ideologías, si no por el porcentaje del share…

(Déjà Vu - P.G.Bazán, 2001)

Todos hemos pasado, en alguna etapa de la vida, por un período de… ¿cómo decirlo..? “Pelotudez en barra”, con perdón de la mesa puesta. Es decir, un grupo de jóvenes ociosos, con más imaginación que buen juicio, y con ganas de divertirse a costa del prójimo.
No voy a revelar los nombres de mis cómplices, ni el de nuestras víctimas; los nombres han sido cambiados para proteger a los inocentes.
Nuestro dogma era producir perplejidad, un mínimo asombro que hiciera que la víctima dudara de su concepto de la realidad, que fuera testigo de un hecho ilógico. No admitíamos ese tipo de bromas que terminan con una víctima humillada, indefensa, temblando de ira y vergüenza por el mal rato pasado. Nuestro objetivo era, simplemente, crear un hecho artístico imperceptible.
El procedimiento era simple: se buscaba una víctima anónima y sedente: por ejemplo, un señor parado en una esquina, una de esas personas que pertenecen a esa raza de inmortales que realiza una actividad que no comprendemos, y emplea mucho tiempo en ella.

Para describir una de nuestras perfomances, o “platos del día”, usaremos los siguientes términos: la víctima será el cliente y los actores, los camareros; el jefe de operaciones, que no interviene salvo en una emergencia, es el cheff. Como en esa época no existían los celulares, trabajábamos con un lenguaje de señas previamente acordado. Y era importante que hubiera un teléfono público cerca.

Paso 1: ubicado el cliente, se acercan a él los camareros A y B, hablando entre ellos alegremente y a viva voz:
- … qué jugador, por Dios; lástima que lo quebraron y tiene para 5 fechas.
- ¿En serio?
- Sí; lo sacaron de la cancha y lo llevaron directamente a la Clínica del Buen Pie.
Se alejan, con comentarios elogiosos sobre dicho nosocomio.
Dejar pasar 5 ó 10 minutos entre un paso y otro.

Paso 2: el camarero C se dirige al teléfono público y realiza una falsa llamada a un falso médico.
- ¡Hola, doctor! ¿Cómo está? …. Si, es por la radiografía… Y me derivan a…. Sí… Traumatólogo…. La Clínica del Buen Pie… Sí, anoto…. ¡Gracias, doctor, buenas tardes!
El cliente, si oyó ambas conversaciones, piensa en casualidades.

Paso 3: Camareros E, F y G pasan, fingiendo una agria discusión, en la que se menciona la bendita Clínica.
A esta altura, el cliente empieza a dudar de su cordura o de la realidad, o bien sospecha la verdad: se trata de una conspiración bastante tonta…
Advertencia: nunca un camarero tomará contacto con el cliente, ya sea preguntando la dirección de dicho establecimiento, u otra treta similar. El cliente debe ser testigo, no actor; si el cliente se acerca y pregunta algo, deberá ignorárselo (como los camareros en la vida real, je!).

Si, después de tantos años, alguno de nuestros clientes está leyendo esto, sepa disculpar nuestra maldad inofensiva; si, en cambio, aquello le hizo pensar acerca de la naturaleza de la realidad y de la percepción… no creo que ahora esté leyendo esto.

¡Se viene la Fin del Mundo!

Vivo en una ciudad extraña, siempre bajo asedio, siempre a punto de sucumbir por el capricho de los dioses. Primero fue la Granizada Asesina (8/2006). Después, tuvimos una Nevada Mortal (7/2007) y una Tromba Marina Letal (3/2008), sin contar los Lockouts Sojeros, que provocaron la falta de alimentos en varios sectores de la ciudad, el Meteorito Fantasma de Entre Ríos, y ahora la bíblica Plaga de Humo Pestilente.
No voy a lamentarme aquí del olor molesto, ni de la picazón de garganta y ojos, ni de ese persistente gusto a quemado que tiene cualquier comida ingerida en estos días. No; simplemente quiero dejar asentados aquí algunas apostillas sobre la Plaga de Humo, y que no encontrarán en ningún Manual del Superviviente Bonaerense.

  • Los atardeceres se ven más impactantes con ese tono rojo-apocalipsis, que tanto inflama el alma (y los pulmones).
  • Algunas chicas prudentes (y algunos asmáticos y alérgicos) ya viajan en los transportes públicos con barbijo. Imposible no asociarlo con el velo oriental y pensar, ¿cómo se verán sin el barbijo?
  • Dice la fría crónica: Kin Zhong Li fue capturado en septiembre de 2006 cuando circulaba en bicicleta con un bidón de nafta, fósforos y un arma en su poder, y liberado después. Apresado nuevamente en febrero del 2007 por posesión de bombas Molotov. Se le atribuye el incendio de 11 mueblerías.” Me pregunto si seguirá encarcelado…
  • Un apicultor aficionado del Delta me cuenta, preocupado, que esta humareda no le hace nada bien a sus abejas. Modestamente, a mí tampoco, y eso que no produzco miel.
  • El chiste obvio: “¡Si los campos incendiados fueran de otra cosa, nadie se quejaría, je, je..!”.
  • Aprovechen los fumadores a despacharse a gusto: ¿quién se va a dar cuenta que están fumando? Ya se han visto a precoces fumadores volver orondos a sus casas, sin cuidarse del tufo a pucho en sus uniformes escolares.
  • Cada vez que alguien dice “humo en el ambiente”, no puedo dejar de contestar “…y un montón de gallinas” (“Mamá planchame la camisa”, Suéter, 1984).
  • Las teorías conspirativas sobre el origen de los incendios oscilan entre latifundistas que se quieren salvar con un fraude al seguro, pasando por el misterioso meteorito entrerriano (que nadie encontró) que originó el fuego, hasta los que sospechan que esto se hizo para que la gente se sintiera mal y se descargara contra el Gobierno. Andá a saber…
  • Uno, que no sabe nada, se pregunta: si hace como seis días que dura el incendio, esos campos deben tener el tamaño de Australia, y más vegetación que el Amazonas… El humo llegó hasta el Uruguay y todo.
  • No falta el que siempre se queja: “claro, ustedes los porteños se quejan porque les tocó ahora; nosotros tenemos este problema todos los años”. Uno se queja cuando le ocurren las cosas, no antes. Eso de nosotros vs. ustedes termina siendo muy funcional. Como diría Larralde: “no pretenda buscarle diferencias; unifique: es ley de patriotismo”.

Hoy, viernes, se ha sentido un poco más el efecto de la Plaga. Por las dudas, estuve observando detenidamente el comportamiento de los animales del barrio. Ya se sabe: suelen no tomar partido por teorías conspirativas, así que son bastante confiables (en ese sentido). El perro de la vuelta me ve, en silencio, caminar a lo largo de su portón enrejado y, cuando estoy por alejarme del todo, se me lanza como cancerbero echando espuma y rugiendo leoninamente: hasta ahí, normal. Los pajaritos del barrio (esos que empiezan a cantar cuando uno vuelve borracho a casa) siguen con su negocio. Como en “Encuentros Cercanos…”, convendrá salir a la calle con una jaulita preventiva.

La cosa no tiene visos de solución inmediata. Más allá de reclamar cabezas y repartir culpas, habría que investigar en serio qué pasó. Porque debido a la humareda murió gente en accidentes de tránsito, y me gustaría que todos los que rompieron las cacerolas por cuestiones mucho más discutibles, salgan ahora a reclamar por la salud de todos.
El aire es, por ahora, respirable. Veremos cómo sigue la cosa.

Rube Goldberg fue un dibujante norteamericano que nació en 1883 y murió en 1970, y creó un género de chiste visual que aún perdura: las “máquinas de Goldberg”.

Son complejos dispositivos compuestos por cientos de elementos que interactúan entre sí como consecuencia de una acción detonadora de la cadena, realizando una tarea muy simple de una manera muy indirecta y complicada (abrir una puerta, preparar una tostada) mediante complicados sistemas de poleas, engranajes, fichas de dominó o bolas que ruedan. El término “máquina de Goldberg” también se aplica a cualquier aparato o programa de software que resulta más complicado de lo que es necesario para completar la tarea para la que fue diseñado.

Confieso que siempre me fascinó este tipo de artilugios, porque sospechaba que había una gran inteligencia detrás de tanta pieza móvil; que esa masa caótica, esa escultura inquieta e indecisa rendía tributo al ingenio humano.

Lamentablemente, estoy empezando a sospechar que en mi vida diaria hay más de una máquina Goldberg, que cada salto que doy para no pisar un sorete de perro cuando camino por las veredas de Dios, cada persona que me lleva por delante, cada timbre que toco, desencadena una serie de eventos desconocidos para mí, que terminarán – algún día – encendiendo una lamparita, dándole de comer al gato o encendiendo la radio.
Vivimos una vida caótica. ¿Y si ese caos, en realidad, es necesario para que, en otro sitio, otros reciban el fruto de estas complicadas operaciones?

Imaginemos que un gobierno X toma una medida económica para frenar el crecimiento de una corporación Q que le hace sombra, digamos una fábrica de analgésicos. Una medida Goldberg sería subirle a Q los impuestos; Q se indigna y manda a sus parientes y empleados, que amenazan a la población con desabastecer de medicamentos; ésta hace grandes demostraciones de fuerza, reclamando a X que cese en su injusticia, que por su culpa se ha quedado sin medicamentos (ni una aspirina quedó, vea); X mueve a sus familiares y empleados para que convenzan a la población de que Q es el responsable de los males de este mundo, y que…
Creo que la cadena sigue (los elementos de una máquina Goldberg no tienen conciencia de su papel), y se extiende en el horizonte, pero tiene un fin. Por fuerza, debe tenerlo.
No sabemos el resultado final, ni cuál es el beneficio final. Lo único que sé es que a muchos les duele la cabeza. Pero creo que, como decía mi abuela, es por el hambre…

NB: acabo de darme cuenta que la X se usa en reemplazo de “Crist” en algunos idiomas (Xmas, Xian, etc). Juro que fue coincidencia.

Los mensajes secretos me llaman sin cesar,
atravesando el aire;
Los mensajes susurran en tus oídos,
cruzando la atmósfera.
Ellos suenan en todas partes.
(Jeff Lynne, Secret Messages – 1983)

Cuánto se ha hablado y escrito sobre los mensajes ocultos, sobre todo los de carácter satánico. Esta moda tuvo su pico en los setentas, con el auge del “rock progresivo”, y sorprendió a más de uno.
El método más empleado es el de oír la grabación en sentido inverso, lo cual expone el mensaje oculto, generalmente muy tontito y básico, del tipo “Satán!” o “amen al Grande”.
Ninguna invocación a Nyarlahotep, ni oraciones tipo “Belcebú, te ofrezco el alma de este incauto” o “puto el que oye esto”. No, nada concreto.
Si bien se mira, hay letras de canciones en inglés que abundan en términos cortos, lo que facilita el descubrimiento de palabras fantasmas cuando se oye al revés. Para oir “Satan” (fonéticamente séitan) hay que ubicar un segmento que ofrezca algo parecido a naties (dependiendo del acento del cantante): “Say not, yes! (Dí que no, sí)” daría al derecho sei nat ies, y al revés seitan ies (Satan, yes!). Y pueden aparecer muchas combinaciones que den algo así (de tonto). Peor aún, hay freses que tienen más de un significado: Time flies like an arrow (el tiempo vuela como una flecha / las moscas del tiempo gustan de una flecha).
Más complicado se vuelve en castellano, donde habría que crear textos más bien extraños para que, al revés, resulte un mensaje más o menos decente. Y sin embargo, hay ilusos que los encuentran.
En un sitio web afirman que la canción “Guapa” de Bandana (nada menos!) tiene un estribillo que dice al derecho “Dance, dance, dance, hoy tu sueño es real; dance, abre tu mente” oculta el mensaje “El Demonio es un Dios… más, más, más…el de mujer va…más, más, más… el Demonio es un Dios… más, más, más”.
La lógica me dice que al revés debiera sonar algo como “etnemut erba, snad; laerse oñeus utió snad, snad, snad”. Creo que han cambiado el “mut erba” por “mujer va” (podría ser S.U.T.E.R.B.A., llegado el caso), pero si la evidencia de satanismo es oír defectuosamente, estamos fritos. Entonces, Christopher Cross sí decía “Pingüino Rodríguez”
Uno de los argumentos que más esgrimen estos maccarthystas es si pensáramos que son casualidad no se puede explicar por qué los temas se repiten y nunca emiten mensajes positivos: drogas, alcohol, sexo libre, satanismo, etc. Sí, ya sé, está redactado para la miércoles, pero también es sospechoso que sólo se encuentren mensajes diabólicos. A propósito, ¿estarán todo el día con un Geloso escuchando en sentido inverso TODA la música del mundo en busca de iniquidades? ¿Porqué no buscar mensajes positivos? Y ya que estamos, ¿por qué no buscar mensajes “al derecho”? “Love me tender” cantado por Elvis, bien podría ser una canción cristiana.
Supongamos que se me ocurre, ya no digamos sugerir y ocultar mensajes, si no directamente invocar al Maligno en una canción. ¿Qué pasaría? ¿Crecería el consumo de velas rojas? ¿Sentiríamos repentinamente olor a azufre? ¿Ganaría Independiente..? La canción “Entregá el marrón” de Los Auténticos Decadentes, ¿es una invitación a los monjes franciscanos a que cuelguen los hábitos? Soda Stereo, tan en boga entre el piberío, ¿es un anagrama de Sado-Tereso, o sea sadismo y coprofagia?

¿Estamos todos locos?

Esta es la ciudad. Buenos Aires. Trabajo aquí. Llevo una placa. Mi nombre es Cardozo. La historia que está por leer es cierta. Los nombres han sido cambiados para proteger al inocente.
Todo empezó una mañana de sábado. Había sido denunciada una desaparición inexplicable. Me dirigí a lugar de los hechos, al sitio donde la víctima fue vista por última vez: el supermercado TOCO. Allí vi a mi contacto, oculta en el fondo de la heladera de los vegetales congelados.
- Sargento Cardozo, esto es terrible.
- Sólo los hechos, señora.
- Ha desaparecido el puré de papas, Cardozo. Han cambiado los productos de góndola. En su nuevo lugar – entre el arroz y las sopas – hay un impostor.
- Descripción?
- Una caja de Puré a las Finas Hierbas Mayi de 5 porciones. Pero nada más. ¿Qué vamos a hacer?
- No hay otras marcas?
- No. Ni Mayi, ni Norr, ni genéricos, Cardozo!
- Mmmm… No tiene lógica: si una empresa deja de entregar un producto, la competencia aprovecha ese nicho. Y esto?
- Polenta, Cardozo. Han llenado todo de polenta. La marca que pida.
- Voy a ver otros supermercados. Ud. siga atenta.
Estaba tan esperanzado con el porvenir como una bailarina con pata de palo. Me acerqué al Equi. Una somera recorrida dió con el mismo resultado. Polenta.
Lo mismo en el Noche%. Por una corazonada, me allegué hasta el chino de a la vuelta.
- Como está, Lee?
- Ahh. Caldozo. Que buscal?
- Puré. De papas.
- No habel, Caldozo. Quelel polenta?
Caldoso le iba a dejar el alma. En teoría, debería buscar también en el Carfur y en otros expendios, pero ya una firme sospecha se afirmaba en mi cabeza, como una garrapata a un camello de Bactriana: algo raro estaba pasando…

(CONTINUARÁ)

Esta es la ciudad. Buenos Aires. Trabajo aquí. Llevo una placa. Mi nombre es Cardozo. La historia que está por leer es cierta. Los nombres han sido cambiados para proteger al inocente.
Todo empezó una mañana de sábado. Había sido denunciada una desaparición inexplicable. Me dirigí a lugar de los hechos, al sitio donde la víctima fue vista por última vez: el supermercado TOCO. Allí vi a mi contacto, oculta en el fondo de la heladera de los vegetales congelados.
- Sargento Cardozo, esto es terrible.
- Sólo los hechos, señora.
- Ha desaparecido el puré de papas, Cardozo. Han cambiado los productos de góndola. En su nuevo lugar – entre el arroz y las sopas – hay un impostor.
- Descripción?
- Una caja de Puré a las Finas Hierbas Mayi de 5 porciones. Pero nada más. ¿Qué vamos a hacer?
- No hay otras marcas?
- No. Ni Mayi, ni Norr, ni genéricos, Cardozo!
- Mmmm… No tiene lógica: si una empresa deja de entregar un producto, la competencia aprovecha ese nicho. Y esto?
- Polenta, Cardozo. Han llenado todo de polenta. La marca que pida.
- Voy a ver otros supermercados. Ud. siga atenta.
Estaba tan esperanzado con el porvenir como una bailarina con pata de palo. Me acerqué al Equi. Una somera recorrida dió con el mismo resultado. Polenta.
Lo mismo en el Noche%. Por una corazonada, me allegué hasta el chino de a la vuelta.
- Como está, Lee?
- Ahh. Caldozo. Que buscal?
- Puré. De papas.
- No habel, Caldozo. Quelel polenta?
Caldoso le iba a dejar el alma. En teoría, debería buscar también en el Carfur y en otros expendios, pero ya una firme sospecha se afirmaba en mi cabeza, como una garrapata a un camello de Bactriana: algo raro estaba pasando…

(CONTINUARÁ)

Esta es la ciudad. Buenos Aires. Trabajo aquí. Llevo una placa. Mi nombre es Cardozo. La historia que está por leer es cierta. Los nombres han sido cambiados para proteger al inocente.
Todo empezó una mañana de sábado. Había sido denunciada una desaparición inexplicable. Me dirigí a lugar de los hechos, al sitio donde la víctima fue vista por última vez: el supermercado TOCO. Allí vi a mi contacto, oculta en el fondo de la heladera de los vegetales congelados.
- Sargento Cardozo, esto es terrible.
- Sólo los hechos, señora.
- Ha desaparecido el puré de papas, Cardozo. Han cambiado los productos de góndola. En su nuevo lugar – entre el arroz y las sopas – hay un impostor.
- Descripción?
- Una caja de Puré a las Finas Hierbas Mayi de 5 porciones. Pero nada más. ¿Qué vamos a hacer?
- No hay otras marcas?
- No. Ni Mayi, ni Norr, ni genéricos, Cardozo!
- Mmmm… No tiene lógica: si una empresa deja de entregar un producto, la competencia aprovecha ese nicho. Y esto?
- Polenta, Cardozo. Han llenado todo de polenta. La marca que pida.
- Voy a ver otros supermercados. Ud. siga atenta.
Estaba tan esperanzado con el porvenir como una bailarina con pata de palo. Me acerqué al Equi. Una somera recorrida dió con el mismo resultado. Polenta.
Lo mismo en el Noche%. Por una corazonada, me allegué hasta el chino de a la vuelta.
- Como está, Lee?
- Ahh. Caldozo. Que buscal?
- Puré. De papas.
- No habel, Caldozo. Quelel polenta?
Caldoso le iba a dejar el alma. En teoría, debería buscar también en el Carfur y en otros expendios, pero ya una firme sospecha se afirmaba en mi cabeza, como una garrapata a un camello de Bactriana: algo raro estaba pasando…

(CONTINUARÁ)

Esta es la ciudad. Buenos Aires. Trabajo aquí. Llevo una placa. Mi nombre es Cardozo. La historia que está por leer es cierta. Los nombres han sido cambiados para proteger al inocente.
Todo empezó una mañana de sábado. Había sido denunciada una desaparición inexplicable. Me dirigí a lugar de los hechos, al sitio donde la víctima fue vista por última vez: el supermercado TOCO. Allí vi a mi contacto, oculta en el fondo de la heladera de los vegetales congelados.
- Sargento Cardozo, esto es terrible.
- Sólo los hechos, señora.
- Ha desaparecido el puré de papas, Cardozo. Han cambiado los productos de góndola. En su nuevo lugar – entre el arroz y las sopas – hay un impostor.
- Descripción?
- Una caja de Puré a las Finas Hierbas Mayi de 5 porciones. Pero nada más. ¿Qué vamos a hacer?
- No hay otras marcas?
- No. Ni Mayi, ni Norr, ni genéricos, Cardozo!
- Mmmm… No tiene lógica: si una empresa deja de entregar un producto, la competencia aprovecha ese nicho. Y esto?
- Polenta, Cardozo. Han llenado todo de polenta. La marca que pida.
- Voy a ver otros supermercados. Ud. siga atenta.
Estaba tan esperanzado con el porvenir como una bailarina con pata de palo. Me acerqué al Equi. Una somera recorrida dió con el mismo resultado. Polenta.
Lo mismo en el Noche%. Por una corazonada, me allegué hasta el chino de a la vuelta.
- Como está, Lee?
- Ahh. Caldozo. Que buscal?
- Puré. De papas.
- No habel, Caldozo. Quelel polenta?
Caldoso le iba a dejar el alma. En teoría, debería buscar también en el Carfur y en otros expendios, pero ya una firme sospecha se afirmaba en mi cabeza, como una garrapata a un camello de Bactriana: algo raro estaba pasando…

(CONTINUARÁ)

Esta es la ciudad. Buenos Aires. Trabajo aquí. Llevo una placa. Mi nombre es Cardozo. La historia que está por leer es cierta. Los nombres han sido cambiados para proteger al inocente.
Todo empezó una mañana de sábado. Había sido denunciada una desaparición inexplicable. Me dirigí a lugar de los hechos, al sitio donde la víctima fue vista por última vez: el supermercado TOCO. Allí vi a mi contacto, oculta en el fondo de la heladera de los vegetales congelados.
- Sargento Cardozo, esto es terrible.
- Sólo los hechos, señora.
- Ha desaparecido el puré de papas, Cardozo. Han cambiado los productos de góndola. En su nuevo lugar – entre el arroz y las sopas – hay un impostor.
- Descripción?
- Una caja de Puré a las Finas Hierbas Mayi de 5 porciones. Pero nada más. ¿Qué vamos a hacer?
- No hay otras marcas?
- No. Ni Mayi, ni Norr, ni genéricos, Cardozo!
- Mmmm… No tiene lógica: si una empresa deja de entregar un producto, la competencia aprovecha ese nicho. Y esto?
- Polenta, Cardozo. Han llenado todo de polenta. La marca que pida.
- Voy a ver otros supermercados. Ud. siga atenta.
Estaba tan esperanzado con el porvenir como una bailarina con pata de palo. Me acerqué al Equi. Una somera recorrida dió con el mismo resultado. Polenta.
Lo mismo en el Noche%. Por una corazonada, me allegué hasta el chino de a la vuelta.
- Como está, Lee?
- Ahh. Caldozo. Que buscal?
- Puré. De papas.
- No habel, Caldozo. Quelel polenta?
Caldoso le iba a dejar el alma. En teoría, debería buscar también en el Carfur y en otros expendios, pero ya una firme sospecha se afirmaba en mi cabeza, como una garrapata a un camello de Bactriana: algo raro estaba pasando…

(CONTINUARÁ)

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