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A la casa de mi infancia, cada tanto nos llegaba vía debajo de la puerta de calle un papel, mecanografiado a veces, con una oración o plegaria que debía enviarse a otros inocentes destinatarios.
Una vez, a punto de salir a jugar a la vereda, vi un papel doblado, en el piso. Lo levanté y llamé a mi mamá, con el papel en la mano.
-Qué es eso?-, preguntó.
-Parece que es algo de la iglesia. Hay una oración…dice no se qué de Caravaca…- llegué a decir.
-Soltá eso! Es una cadena..!
Por esa época estaba leyendo unos cuentos de Conan Doyle, e inmediatamente asocié este hecho con “Las 5 Semillas de Naranja”, donde el KKK amenazaba a sus víctimas por correo. En ese momento me sentí sentenciado a muerte. Lo solté como si esta hoja pudiera engangrenarme la mano. Le pregunté, bastante tembloroso, qué era eso de la cadena y Caravaca.
- La Cruz de Caravaca? Está prohibida por la Iglesia… Esto es una brujería, seguro…
Lejos de iluminar mi ignorancia, debo reconocer que me espantó mucho esa especie de maldición anónima. Desde entonces, le rajo como a Mandinga a las mentadas cadenas.
Y sin embargo, me siguen llegando en su nueva encarnación, es decir, por vía electrónica.
Cuando provienen de una persona que conocemos, ¿qué debemos pensar? ¿Que esta persona es:

a) Malvada / Ventajera
b) Inocente / Solidaria
c) Estúpida / Culposa

Tiendo a tirarme por la opción b. Si no conozco al remitente que envía el correo, simplemente lo borro (no puedo dejar de asociar esto con la acción de mi vieja: prenderle fuego “para cortar el hechizo”).
Y sigo sin entender el propósito de todo esto. Para muestra, un ejemplo:

“Mensaje de la Cruz Roja Internacional

Esta es una recomendación de la Cruz Roja a nivel mundial: Las ambulancias y emergencias médicas se han dado cuenta de que a menudo, en los accidentes de carretera, los heridos llevan consigo un teléfono celular. Sin embargo,a la hora de intervenirles, no se sabe a quién contactar de la larga lista de números.
Nos lanzan, por tanto la idea de que todo el mundo añada a su agenda del teléfono celular el número de la persona a contactar en caso de urgencia, bajo el nombre: “AA en caso de Emergencia”, (las letras AA es para que aparezca siempre como primer contacto en la lista). Es sencillo, no cuesta nada y podría ayudarnos mucho. Si te parece bien, pasa este mensaje al mayor número posible de personas. Al fin y al cabo es un dato que registramos en segundos y puede ser nuestra salvación.”

Todavía no entendí el curro. ¿Qué opinan ustedes?

Dejo, como colofón, el vínculo a una excelente nota que analiza inteligentemente este fenómeno.
Por mi parte, ya rocié el monitor y el CPU con agua bendita.
Por las dudas…

NB:
Me acabo de dar cuenta que, inconscientemente, propagué el mensaje de la Cruz Roja, intención que me proponía evitar. Mil perdones.

Quisiera dejar algo en claro: no soy el consumidor ideal.
Cuanto más me machaquen, publicistas, con jingles, concursos y Llame Ya!, menos me voy a interesar por vuestros productos/servicios.
Porqué no podrán, simplemente, mostrarme las virtudes REALES de lo que quieren venderme.
He trabajado en publicidad, y algo conozco acerca de los impulsos primarios de un consumidor medio, de metamensajes y malabares dialécticos.
Quien puede ser indiferente a la visión de una humeante hamburguesa, el sonido de una copa llenándose de rojo vino, o la expresión de placer de alguien que huele el aroma de un piso recién encerado?
Y sin embargo, siguen haciendo avisos pseudo-cómicos, con giros y retruécanos que entienden sólo los creativos, los hijos o los empleados jóvenes del cliente, y pocos más. Y ellos sí se sonríen, porque pertenecen al mismo redil. Creo que es una cuestión generacional.
Y nosotros, pobres consumidores, tragamos y soportamos todo sin oponer resistencia, torpes rebaños de ovejas que seguimos consumiendo el mismo pasto con distinto olor, día tras día.
Y nos gritan y nos repiten la cancioncita en la radio, en el subte, en las calles, y todo lo repetimos, e infectamos a otros cándidos consumidores, y terminamos comprando algo en el súper sólo porque un slogan se nos quedó en la cabeza.
¿Cuándo fué la última vez que leímos la etiqueta de una lata de tomates?
Repito: si quieren venderme algo, sedúzcanme con los encantos del producto, no con un jingle estúpido y pegajoso, o con dudosos concursos y promociones.

Y para terminar con esta lamentación:
No pienso alquilar un toro mecánico, o un castillo inflable.
No necesito Viagra (todavía), ni alargar ninguna parte de mi cuerpo.
Si necesito un curso de alguna cosa, me preocuparé en buscar en los lugares adecuados.
Tom Hughes: puedes dejar de enviarme mensajes? No pienso comprarte nada. NADA!