Para nosotros, los hombres que trabajamos solos de noche, la radio fue siempre la amiga ideal: nos hace compañía sin exigirnos demasiado, apenas un poco de atención consciente cada tanto.
Mi relación con ella viene de mi niñez, donde siempre hubo alguna, pero jamás olvidaré un primer encuentro con una radio que, creo, era de mis abuelos, y podría fechar más o menos a mis diez años. Había en la casa un mueble bajo, oscuro y con dos puertas, como un pequeño aparador lleno de molduras. Al parecer, siempre había estado allí, sin que yo lo notase. Y un día, estando solo en la casa, me acerqué al mueble misterioso y, al abrir las puertas, me encuentro con un aparato extraño, con tres perillas gordas, rosadas y tentadoras. La de la izquierda, al ser girada en sentido horario, y tras un click inicial (que a mis pocos añitos sonaba como un fuerte y eléctrico ¡Tump!) servía para encender el aparato y darle volumen. Al comienzo se escuchaba un zumbido ligeramente amenazador y, de a poco y como viniendo del pasado, unas voces cordiales o una música un tanto distorsionada. Era una vieja radio de válvulas, y ya ver ese resplandor gradual era todo un programa…
Al girar la perilla central (menos de un cuarto de vuelta, la rueda se clavaba entre esos dos puntos con un ¡tuc! bastante seco) se podía elegir entre Onda Corta y Onda Larga, lo que supongo ahora se le llama MW o AM. Finalmente, la perilla derecha permitía navegar por las distintas estaciones de radio de esa época.
Cuando entendí que la onda corta sintonizaba programas de lugares lejanos, las posibilidades del asombro se multiplicaron. Hasta fantaseaba con la posibilidad de pescar alguna transmisión inusual: la voz de los marcianos o un pedido de socorro venido del más allá. Todavía se me eriza la piel al rememorar esa muda espectación con la mirada en la nada, la mano girando minuciosamente la perilla del sintonizador, como si fuera la caja fuerte de Alí Babá.
Y esperaba que todos se fueran de la casa, aunque sea a comprar al almacén de Jesús, que quedaba a la vuelta de mi casa natal. Y cuando me quedaba solo… ¡Qué momento inolvidable! Era la Hora Mágica. Sonido, sí, y también esas lucecitas rojas y verdes, y ese logotipo de la Stromberg-Carlson, y la fantasía de estar manejando una extraña máquina alienígena, hermosamente diseñada, con ese zumbido valvular y esas voces distantes, antiguas, artificiales tal vez…
Después vinieron otras radios: otro mueble más grande llamado combinado, con radio y bandeja para longplays; una Noblex Siete Mares, y los inevitables combos de radio-reloj, radio-tocadiscos portátil o radio-grabador. Obviamente, no le llegan ni a los tobillos a esa radio de mi niñez, una señora ya antigua para mi época, pero con ese aire de aristócrata venido a menos que me conmovía. Y su recuerdo aún hoy me emociona…