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(Luchador-Tigre, P.G.Bazán 1989)

Estamos rodeados por el marketing. Si nos entregamos pacíficamente, seremos picadillo de carne. Si resistimos, será mera cuestión de tiempo hasta que caigamos en la picadora de boludos…
En la tele, en la radio, en el cine y las revistas, nos bombardean con órdenes básicas de este tipo:

  • Manda YA un SMS al *2828 con el texto NOVI, y te podés bajar a tu celular los mejores cuentos de borrachos!
  • Entrá a www.somosunosnabos.com, poné tu foto mostrando el píloro, y así ayudás a los pandas a tener un matrimonio feliz.
  • Salvá al fifanodonte del Transvaal de la extinción enviando un mail con “FIFA SI” en el asunto, a la dirección ….
  • Descargá gratis de su propia página el documental Zeitgeist, y vas a descubrir cómo te estuvieron mintiendo toda tu vida… (sic).

La publicidad siempre nos trató de lavar el cerebro; eso no se discute. El problema actual es el nivel infantil de las motivaciones. Cualquiera que recuerde la campaña de márketing viral “Que vuelvan los lentos” de una marca de snacks, sabrá de lo que hablo: no había programa de radio o TV, ni conversación casual que no mencionara la cuestión de los temas lentos, e invitaba a no sé que absurda compulsa en un sitio ad-hoc. Para peor, el tema ese de Foreigner ya me repelía cuando era nuevo, calculen lo que me provoca 20 años después…
Muy fastidioso son los avisos de una ¿empresa? que muestra -vía celular- chistes, consejos sexuales, videos de colegialas o chistes impresentables. ¿Quién puede ser tan pelotudo como para pagar para le envíen el cuento de los perros del Curro? Y sin embargo, como diría un amigo pescador, los peces pican. Sólo se trata de poner la carnada adecuada…
Entonces, ya que no podemos evitar que la publicidad (disimulada al principio, descarada hoy día) nos intente lavar la cabeza, modestamente propongo un antídoto que nos permita salir airoso de un enjuague final.
La idea me la dio Alfred Bester en “El Hombre Demolido”, donde el villano engañaba a los telépatas que querían “leerlo” mediante la repetición mental de una melodía pegajosa de estribillo irresistible (“Tensión, compresión y empieza la disensión!”). En vez de preciados secretos, lo que se llevaban los invasores era una tonada insoportable en su propia cabeza.
Ante los primeros síntomas de posesión, debemos desacreditar la canción o mensaje, alterando su contenido. Por dar un ejemplo, cuando era chico pasaban una publicidad de arvejas “Valle de Oro”, que me molestaba por su repetición. Le cambié la letra, y a tal punto tuve éxito, que hoy sólo recuerdo mi versión fraudulenta (“…Ahí vienen las arvejas, están todas podridas, Arvejas Valle de Oro, Arvejas Valle de Oro…”). Olvidé cómo sería la original.
Si un jingle radial insoportable alaba las virtudes de un producto, cambiémosle la letra para denostarlo. Se nos pegará más nuestra versión inofensiva que la del producto. Y por supuesto, ni hablemos de comprar dicho producto o servicio. ¿O usted, lector, contrataría un seguro porque vio un aviso gracioso?
Armémonos, camaradas, que la lucha hoy día no es por ideologías, si no por el porcentaje del share…

Quisiera dejar algo en claro: no soy el consumidor ideal.
Cuanto más me machaquen, publicistas, con jingles, concursos y Llame Ya!, menos me voy a interesar por vuestros productos/servicios.
Porqué no podrán, simplemente, mostrarme las virtudes REALES de lo que quieren venderme.
He trabajado en publicidad, y algo conozco acerca de los impulsos primarios de un consumidor medio, de metamensajes y malabares dialécticos.
Quien puede ser indiferente a la visión de una humeante hamburguesa, el sonido de una copa llenándose de rojo vino, o la expresión de placer de alguien que huele el aroma de un piso recién encerado?
Y sin embargo, siguen haciendo avisos pseudo-cómicos, con giros y retruécanos que entienden sólo los creativos, los hijos o los empleados jóvenes del cliente, y pocos más. Y ellos sí se sonríen, porque pertenecen al mismo redil. Creo que es una cuestión generacional.
Y nosotros, pobres consumidores, tragamos y soportamos todo sin oponer resistencia, torpes rebaños de ovejas que seguimos consumiendo el mismo pasto con distinto olor, día tras día.
Y nos gritan y nos repiten la cancioncita en la radio, en el subte, en las calles, y todo lo repetimos, e infectamos a otros cándidos consumidores, y terminamos comprando algo en el súper sólo porque un slogan se nos quedó en la cabeza.
¿Cuándo fué la última vez que leímos la etiqueta de una lata de tomates?
Repito: si quieren venderme algo, sedúzcanme con los encantos del producto, no con un jingle estúpido y pegajoso, o con dudosos concursos y promociones.

Y para terminar con esta lamentación:
No pienso alquilar un toro mecánico, o un castillo inflable.
No necesito Viagra (todavía), ni alargar ninguna parte de mi cuerpo.
Si necesito un curso de alguna cosa, me preocuparé en buscar en los lugares adecuados.
Tom Hughes: puedes dejar de enviarme mensajes? No pienso comprarte nada. NADA!