memoria


Y si, era inevitable…. tan cercana la fecha oficial para emocionarse y organizar festejos… No, la Navidad no es, falta para eso. Aunque, en su estructura externa, vendría a ser algo parecido. 20 de Julio, Día del Amigo.
No está mal tener un día prefijado para ser buena persona y portarse empalagosamente con los conocidos. Pero si tenemos que hacer fuerza entre todos para sentirnos amigos y juntarnos en un sitio que seguramente estará colmado de otras gentes que también celebran su amistad… No sé, no sé… Desconfío de las emociones programáticas.
Igualmente, la idea de este post no era quejarme de las festividades forzosas, sino saludar a algunos amigos que tuve y (creo) aun tengo.

  • Luis Alberto Rosas: un gran amigo y un dibujante como la copa de un pino (le debo un post con sus dibujos… Ya llegará). Luisito: dondequiera que estés, si ahí existe un bar, esperame con una cerveza como la tomabas vos, con maníes adentro ;) Un abrazo grande (si las alas me lo permiten).
  • Andrea Scipione: una gran amiga; si no hubieras conocido a mi amigo Toby, él no me hubiera presentado a vos, y no me hubieras presentado a tu amiga, hoy mi esposa. A veces, no somos más que agentes del Destino… Un abrazo, de parte del Hermano Malaquías.
  • Eliseo Brener: un compañero de primaria que recuerdo con mucho cariño. Eliseo: espero que sigas bien. Un beso a la familia.
  • La Barra de Gurruchaga. Ricky Palma, Mauricio, José Luis Jato; Gustavo, alias Takayama (el hijo del tintorero, cordobeses ambos); Rubén Espiño y otros: compañeros de infancia y adolescencia, gracias por todos los juegos compartidos. Espero que anden bien.
  • Claudio Bertolami: un gran amigo, e incluyo también a toda su familia, y a las hermanitas Irurzun (especialmente Raisa, un beso!). Gracias por todo. Como ven, no me olvido.
  • Sergio Ferraro: compañero de la agencia, buen tipo además. Un fuerte abrazo, y un cariño a la familia.
  • La Barra de Serrano. Leonor, Pablo, Vivi, Andrea, Fabián, Mariela, José Luis Alonso (que haiga paz!), José María (espero que sigas cantando), Atilio (se acuerdan?) y otros tantos que conocí aquél 20 de diciembre del 1983 en la parroquia de San Fancisco Javier. Para mí, ese es el día del amigo. Los quiero mucho, aunque les joda que no les ande zangoloteando alrededor (me he vuelto un peronista: de la casa al trabajo y del trabajo a casa; jódanse ;)
  • Toby y el Negro Hernán. Dos amigos de fierro, casi dos hermanos. Hemos vivido buenas y malas, sabiendo que el otro siempre estaba cerca. Eso, tal vez, defina al amigo: aquel con quien se descubre y comparte los grandes temas de la vida: la primer pelea, la primer borrachera, el primer llanto por una mina… ¿Te acordás aquél juramento en San Bernardo, Negro? Seguimos siempre amigos, hasta el final. Levanto mi copa por ambos.
  • Fernando el panadero, Marcelo Casado y la barra del Bar Ayer. Gracias, gracias, gracias…
  • A todos mis compañeros de laburo, antiguos y actuales (en general, he tenido tantos que hacer un listado sería interesante sólo para mí). Un fuerte abrazo.
  • Y por último, mis recientes amistades virtuales: gentes que comparten sus pensamientos y vivencias, personas a las que, salvo algunos casos, no les conozco la jeta. Son aquellos que están en la columna de la derecha de este blog, bajo el tanguero rótulo “Los Amigos Que El Oro Me Produjo…” (Beroy, tú también estás, pero más abajo, en otra categoría). Un gran abrazo a todos ustedes.

Obsérvese que no intento contactarlos para vernos en el patio de comidas de algún shopping y recordar los buenos viejos tiempos de mierda. Algunas cosas se han ido, y está bien: ya no somos los mismos. Temo reencontrarme con seres extraños, señores y señoras que se quejan de la vida de hoy con el mismo tono superficial de los noticieros; mis amigos están allá, en mi juventud, cuando éramos felices e inmortales. Estos de hoy son sólo fantasmas.

ADVERTENCIA: Si a alguno se le ocurre caer en las tontas promociones o marketing viral sobre el Día del Amigo que ya está rondando por ahí (una compañía telefónica y una marca de cerveza), plis, ruego que me dejen afuera; aquellos que sucumban a la tentación y me incluyan en algún acto lacrimógeno, serán atacados violentamente vía mail-bombing o similar. Piénsenlo bien: si me quieren, no me hagan pasar papelones.

Y como decía aquel presentador, gracias por todo. Buenas noches, y buena suerte.

Para nosotros, los hombres que trabajamos solos de noche, la radio fue siempre la amiga ideal: nos hace compañía sin exigirnos demasiado, apenas un poco de atención consciente cada tanto.
Mi relación con ella viene de mi niñez, donde siempre hubo alguna, pero jamás olvidaré un primer encuentro con una radio que, creo, era de mis abuelos, y podría fechar más o menos a mis diez años. Había en la casa un mueble bajo, oscuro y con dos puertas, como un pequeño aparador lleno de molduras. Al parecer, siempre había estado allí, sin que yo lo notase. Y un día, estando solo en la casa, me acerqué al mueble misterioso y, al abrir las puertas, me encuentro con un aparato extraño, con tres perillas gordas, rosadas y tentadoras. La de la izquierda, al ser girada en sentido horario, y tras un click inicial (que a mis pocos añitos sonaba como un fuerte y eléctrico ¡Tump!) servía para encender el aparato y darle volumen. Al comienzo se escuchaba un zumbido ligeramente amenazador y, de a poco y como viniendo del pasado, unas voces cordiales o una música un tanto distorsionada. Era una vieja radio de válvulas, y ya ver ese resplandor gradual era todo un programa…
Al girar la perilla central (menos de un cuarto de vuelta, la rueda se clavaba entre esos dos puntos con un ¡tuc! bastante seco) se podía elegir entre Onda Corta y Onda Larga, lo que supongo ahora se le llama MW o AM. Finalmente, la perilla derecha permitía navegar por las distintas estaciones de radio de esa época.
Cuando entendí que la onda corta sintonizaba programas de lugares lejanos, las posibilidades del asombro se multiplicaron. Hasta fantaseaba con la posibilidad de pescar alguna transmisión inusual: la voz de los marcianos o un pedido de socorro venido del más allá. Todavía se me eriza la piel al rememorar esa muda espectación con la mirada en la nada, la mano girando minuciosamente la perilla del sintonizador, como si fuera la caja fuerte de Alí Babá.

Y esperaba que todos se fueran de la casa, aunque sea a comprar al almacén de Jesús, que quedaba a la vuelta de mi casa natal. Y cuando me quedaba solo… ¡Qué momento inolvidable! Era la Hora Mágica. Sonido, sí, y también esas lucecitas rojas y verdes, y ese logotipo de la Stromberg-Carlson, y la fantasía de estar manejando una extraña máquina alienígena, hermosamente diseñada, con ese zumbido valvular y esas voces distantes, antiguas, artificiales tal vez…

Después vinieron otras radios: otro mueble más grande llamado combinado, con radio y bandeja para longplays; una Noblex Siete Mares, y los inevitables combos de radio-reloj, radio-tocadiscos portátil o radio-grabador. Obviamente, no le llegan ni a los tobillos a esa radio de mi niñez, una señora ya antigua para mi época, pero con ese aire de aristócrata venido a menos que me conmovía. Y su recuerdo aún hoy me emociona…

(Luchador-Tigre, P.G.Bazán 1989)

Estamos rodeados por el marketing. Si nos entregamos pacíficamente, seremos picadillo de carne. Si resistimos, será mera cuestión de tiempo hasta que caigamos en la picadora de boludos…
En la tele, en la radio, en el cine y las revistas, nos bombardean con órdenes básicas de este tipo:

  • Manda YA un SMS al *2828 con el texto NOVI, y te podés bajar a tu celular los mejores cuentos de borrachos!
  • Entrá a www.somosunosnabos.com, poné tu foto mostrando el píloro, y así ayudás a los pandas a tener un matrimonio feliz.
  • Salvá al fifanodonte del Transvaal de la extinción enviando un mail con “FIFA SI” en el asunto, a la dirección ….
  • Descargá gratis de su propia página el documental Zeitgeist, y vas a descubrir cómo te estuvieron mintiendo toda tu vida… (sic).

La publicidad siempre nos trató de lavar el cerebro; eso no se discute. El problema actual es el nivel infantil de las motivaciones. Cualquiera que recuerde la campaña de márketing viral “Que vuelvan los lentos” de una marca de snacks, sabrá de lo que hablo: no había programa de radio o TV, ni conversación casual que no mencionara la cuestión de los temas lentos, e invitaba a no sé que absurda compulsa en un sitio ad-hoc. Para peor, el tema ese de Foreigner ya me repelía cuando era nuevo, calculen lo que me provoca 20 años después…
Muy fastidioso son los avisos de una ¿empresa? que muestra -vía celular- chistes, consejos sexuales, videos de colegialas o chistes impresentables. ¿Quién puede ser tan pelotudo como para pagar para le envíen el cuento de los perros del Curro? Y sin embargo, como diría un amigo pescador, los peces pican. Sólo se trata de poner la carnada adecuada…
Entonces, ya que no podemos evitar que la publicidad (disimulada al principio, descarada hoy día) nos intente lavar la cabeza, modestamente propongo un antídoto que nos permita salir airoso de un enjuague final.
La idea me la dio Alfred Bester en “El Hombre Demolido”, donde el villano engañaba a los telépatas que querían “leerlo” mediante la repetición mental de una melodía pegajosa de estribillo irresistible (“Tensión, compresión y empieza la disensión!”). En vez de preciados secretos, lo que se llevaban los invasores era una tonada insoportable en su propia cabeza.
Ante los primeros síntomas de posesión, debemos desacreditar la canción o mensaje, alterando su contenido. Por dar un ejemplo, cuando era chico pasaban una publicidad de arvejas “Valle de Oro”, que me molestaba por su repetición. Le cambié la letra, y a tal punto tuve éxito, que hoy sólo recuerdo mi versión fraudulenta (“…Ahí vienen las arvejas, están todas podridas, Arvejas Valle de Oro, Arvejas Valle de Oro…”). Olvidé cómo sería la original.
Si un jingle radial insoportable alaba las virtudes de un producto, cambiémosle la letra para denostarlo. Se nos pegará más nuestra versión inofensiva que la del producto. Y por supuesto, ni hablemos de comprar dicho producto o servicio. ¿O usted, lector, contrataría un seguro porque vio un aviso gracioso?
Armémonos, camaradas, que la lucha hoy día no es por ideologías, si no por el porcentaje del share…


En la literatura fantástica o de ficción existe un subgénero conocido como ucronía en donde se especula con líneas temporales alternativas a las ya conocidas; por ejemplo, ¿qué pasaría si la bomba atómica no hubiese sido arrojada sobre Japón en 1945?
Ejemplos conocidos de ucronías son “Fatherland” de Robert Harris (Hitler no perdió la guerra); “Pavana” de Keith Roberts (la reina Isabel de Inglaterra es asesinada en 1588, lo que permite la supremacía de la Iglesia en Europa) o “Lo que el tiempo se llevó” de Ward Moore (los confederados ganan la Guerra Civil estadounidense). El chiste está en elegir un nudo histórico clave, como el Descubrimiento de América, la Reconquista española o la Revolución Industrial en Inglaterra, y jugar con las fuerzas predominantes en ese período como en un sofisticado ajedrez; algunas veces desembocan en discronías (presentes negativos) y otras en eucronías (mejores que la historia actual).
Jugueteando un poco con la idea, pensé un poco en nuestro terruño: ¿y si Mariano Moreno no hubiese muerto en alta mar? ¿O si en las Invasiones Inglesas hubiéramos perdido? ¿Cómo serían hoy las cosas? Como cada nudo histórico está emparentado con otros sucesos mundiales, tal vez la historia sería peor o mejor que ésta, pero tal vez sabría menos amarga. Según de qué lado del mostrador estuviese uno, claro…
Estas especulaciones me llevaron a mirar más cerca aún: mis propios nudos históricos. En nuestra historia personal hubo puntos claves en los que hemos tomado decisiones cruciales que influyeron en nuestro presente, y en el de otras personas. ¿Y si hubiera aceptado tal o cual propuesta? ¿Y si hubiera tomado ese tren que dejé pasar? ¿Qué estaría haciendo ahora? ¿Sería el mismo tipo?
Da que pensar… especialmente cuando uno acaba de cumplir años, y se siente obligado a mirar hacia atrás, y ver qué ha hecho con su vida.

Quién no escuchó la famosa frase “porque en mi época…”? O esta otra, tan repelente para mí: “Todo tiempo pasado fue mejor”. ¿Qué significa esto?

En toda reunión en donde se encuentre al menos una persona más joven que Matusalén, en algún momento dejará caer la queja habitual. Que los jóvenes de ahora están en la joda, que antes había seguridad, que los chicos ya no pueden jugar en la vereda, que… En fin, creo que se entiende, no?
Cuando yo era chico (digamos, los años sesenta), ya se escuchaba esta frase. O sea, si dicen que esta época es una desgracia y hace cincuenta años no, se equivocan, porque tampoco aquélla era una buena época. Siguiendo el esquema rectilíneo, entonces, ¿dónde está esa Edad de Oro? Si cada generación dice que ANTES todo era mejor, ¿cuándo es ese antes? Si le preguntásemos a un señor de nuestra época colonial, ¿diría que la suya es una buena época? Sospecho que no.
¿Cómo se mide la bonanza de una época? ¿Por la economía? Supuestamente, la economía está mejor ahora que hace diez años ¿Por las libertades individuales? Estamos bastante mejor ahora que durante, digamos, la Roma de Nerón. ¿Por la expectativa de vida? En promedio, ha subido a unos 66 años, y se estima que llegará a 73 para el 2025. ¿Y entonces?
Ese señor que hace unos días me decía que durante la Dictadura de 1976 había menos inseguridad en las calles, ¿ésa era su medida de “una buena época”? Si le preguntáramos a un sobreviviente de Hiroshima (y pudiera contarlo, claro) , dudo que pueda recordar esos años con añoranza. Hace 200 años te podían matar en la calle, y no venía el equipo de CSI a buscar huellas digitales. La “seguridad” es un invento moderno.
Y sin embargo, sigo escuchando este tópico falaz. Porque (nos) mentimos cuando afirmamos que ANTES todo era mejor. A ningún neurótico le gusta su propia época: prefiere una era perfecta, más cercana a la fantasía que a la rigurosidad histórica.
Si a cada generación le toca una era peor que la anterior, entonces no hay futuro. Y no puedo estar de acuerdo con eso. Prefiero creer que la historia de los países es basculante, y oscila entre aparentes épocas buenas y malas. Que lo que fue bueno para unos, pudo haber sido un infierno para otros.
Y que nuestro presente, dulce o amargo, es la época en la que podemos vivir.

Cierro esta reflexión con el estribillo de Good Times are Now, de Roger Taylor (Fun in Space, 1981):

Vive el presente, es lo único que tenemos.
Nadie sale vivo de aquí.
La vida en el Futuro bien podría jamás ocurrir.
Vos sabés, ¡ESTOS son los buenos tiempos!

No hay caso, che, me estoy volviendo viejo. Y no, no estoy por quejarme de las canas o las arrugas: son parte del juego éste del crecimiento. A lo que voy es que estoy envejeciendo mentalmente.
Desde hace un tiempo, noto ciertos cambios que, lejos de asustarme, me llaman la atención, porque también los noto en otros colegas cronológicos:

Música
Antes: A la pregunta, “Qué es Iron Maiden?”, contesto con la formación completa, el año en que comenzaron, y hasta el nombre del almacenero que le fía a Steve Harris.
Ahora: no sé ni quién es el cantante de Pier….
Antes: disfruto mucho del sonido y pongo el estéreo al mangazo, hasta que alguien me lo hace bajar de una rotunda patada en el tujes.
Ahora: me molesta “esa música ruidosa”, y se me da por escuchar cosas más tranquilas. Incluso, cada día sintonizo la radio en vano, esperando colocar el 94.3 y que suene Horizonte.
Antes: cuando alguien pone Soda Stereo me molesta, porque me parece música hecha por tres chetitos con recursos, que copian a Police, The Cure o Howard Jones (el estribillo de Prófugos es igual a “Things Can Only Get Better”).
Ahora: cuando alguien pone Soda Stereo me molesta, porque pasaron 20 años y no logro dejar de oírlos. En cambio, he tenido más suerte con Los Helicópteros.

Cine
Antes: ver películas como “Las Alas del Deseo” me hacen reflexionar.
Ahora: ver películas como “Transformers” me hacen dormir.
Antes: Robert deNiro me parece un actor formidable.
Ahora: Robert deNiro me parece un ladri: hace de él mismo en todas las películas. Incluso usa los mismos tics.

Salidas
Antes: las reuniones con amigos derivan en interminables charlas sobre cómics (“Moebius es mejor que Bilal?”), películas, deportes o lo que sea. ¡Uno sólo quiere que duren para siempre!
Ahora: las reuniones con amigos derivan en interminables charlas sobre la inseguridad, el precio de las cosas o las enfermedades. ¡Uno sólo quiere encontrar una buena excusa para irse!
Antes: ir a eventos locos, en locales extravagantes y con artistas desconocidos, es una salida excitante.
Ahora: ir al tenedor libre, rogar que esos canelones no tengan E. Colli y hacerse el amistoso con el parrillero para ligar un chorizo más, es una salida excitante.

Resumiendo: noto que he perdido la paciencia; estoy en la edad del “para qué”: cualquier propuesta me hace pensar si vale la molestia…
- Viste Lost?
- Probaste Twitter?
- Actualizaste a Windows Vista?
Me cuesta sumarme al rebaño, pero no por elitista: porque no entiendo, ni siento esa urgencia o pasión (no sé como definirla) por convertirse a la nueva religión. Y es que mucho de lo que disfrutan las gentes de ahora, yo ya lo hice, o lo ví, o lo escuché, en compañía de gentes que ya no están conmigo. Ya no es nuevo…

No quiero extenderme mucho. Sólo quería compartir esta sensación que tengo, de estar parado en medio de un territorio que me parece extraño, rodeado de gentes que hablan en un dialecto que no comprendo.


Qué tipo, el doctor éste… Según las biografías, Stanley Milgram (1933-1984) fue un psicólogo social de Yale que condujo el experimento El Mundo es Pequeño, que dio origen a la teoría de los Seis Grados de Separación (cualquier persona puede estar conectada a cualquier otra en el planeta, a través de una cadena de conocidos que no tiene más de cinco intermediarios), y el experimento sobre la obediencia a la autoridad (Milgram’s Obedience to Authority).

Hacemos lo que nos dicen. Este experimento efectuado en la Universidad de Yale a comienzos de los ‘60 provocó no pocas demostraciones de indignación. En el experimento, se dividió a los sujetos en dos grupos, Maestros y Estudiantes, supervisados por un Experimentador. Supuestamente, el test serviría para evaluar el porcentaje de memorización bajo estímulos. Mejor dicho, la relación entre Apendizaje y Castigo.
Los Alumnos, instalados en otra habitación en unos sillones tipo dentista y maniatados “para impedir un movimiento excesivo”, debían aprenderse de memoria pares de conceptos (cielo-azul, jardín-florido, etc.) de una lista; los Maestros debían, más tarde, tomar examen a sus estudiantes y decir al micrófono el primer concepto (cielo). Al oir el error del examinado (decir verde en vez de azul), el Maestro giraba una llave de un panel de control, lo que provocaba una ligerísima descarga eléctrica. Esto debía servir para estimular la atención y la memoria del Alumno. Las 30 llaves indicaban el nivel de descarga, comenzando con 15 V (descarga leve), y aumentando de 15 en 15 hasta llegar a 450 V (peligro: descarga severa) . El Maestro no veía a su Alumno, sólo escuchaba su voz a través de un parlante.
Nuevo error: 75 voltios. El Alumno comienza a quejarse.
Las cosas, obviamente, se fueron de mambo. Los Alumnos no daban pie con bola, y los Maestros empezaron tímidamente a subir el voltaje, animados por su Experimentador.
Nuevo error: 120 voltios. El Alumno gritaba diciendo que las descargas eran dolorosas.
Cada vez que el Maestro intentaba detenerse, el experimentador le decía: “Por favor, continúe”.
Nuevo error: 135 voltios. El Alumno aullaba de dolor.
Si el Maestro seguía dudando, se usaba la siguiente frase: “El experimento requiere que usted continúe”.
Nuevo error: 150 voltios. El Alumno gritaba que no quería continuar.
Nuevas dudas. El Experimentador insiste: “Es absolutamente esencial que usted continúe”.
Nuevo error: 180 voltios. El Alumno grita diciendo que no puede soportarlo.
El Maestro mira, aterrado (¿Qué hago?), la siguiente llave. El está al mando, ¿o no?
Nuevo error: 270 voltios. El Alumno grita de agonía.
Experimentador: “No tiene elección. Usted debe continuar”. Si después de esta frase se seguían negando, el experimento se suspendía.
Nuevo error: 300 voltios. El Alumno está con estertores y ya no responde a las preguntas…

El doctor Milgram había previsto un promedio de descarga máxima de 130 V, y una obediencia del 0%. El 63% de los sujetos obedeció, llegando hasta los 450 V, incluso después de los 300 V, cuando el alumno ya no daba señales de vida. .
Afortunadamente, los sujetos de experimento eran los Maestros, que giraban perillas inofensivas: lo que oían era una grabación (la misma para todos) del Alumno torturado.

La Verdad Incómoda. Según Milgram, lo que sucedió fue que los sujetos entraron en “estado de agente” (el individuo se ve a sí mismo como un agente ejecutivo de una autoridad que considera legítima). Aunque la mayoría de las personas se consideran autónomas e independientes, cuando entran en una estructura jerárquica pueden dejar de verse así y deslindar la responsabilidad de sus actos en aquél que tiene el rango superior o el poder.

Algo habrán hecho. Otra conclusión es que aparece el conocido mecanismo de culpar a la víctima. Muchos de los Maestros que llegaron a los 450 V, una vez que terminó el experimento criticaron a los alumnos, diciendo que “eran tan estúpidos que se lo merecían”.

Si todos nosotros somos capaces de torturar siguiendo órdenes (y si es verdad que es un hecho inevitable), sería interesante entonces educar a nuestros líderes para que den órdenes que sean dignas de obedecer.
Como colofón, cabe destacar que el experimento produjo varios subproductos artísticos; dos para mencionar: la canción “We do what we’re told (Milgram’s 37)”(*) [Hacemos lo que nos dicen (37 de Milgram)] de Peter Gabriel, del disco “So” (1986), y un corto estremecedor: Atrocity, de Adam Kargman (2006).

(*) Por el 37% de Maestros que se rebelaron.

Pequeña aclaración: me he reencontrado epistolarmente con un ex-compañero de la primaria, y empezamos a recordar detalles de nuestro paso por la escuela Nº 23 “José María Bustillo”, Distrito Escolar 9º.
Y como las cenas de reencuentro a veces terminan mal (uno descubre que los recuerdos son mucho más agradables que las decepcionantes realidades), me he propuesto recordar. Sí, nada más que eso: rescatar del olvido detalles, nombres, sucesos. En suma, ejercer el derecho a que nada muera en el olvido. Como ejercicio, sí, pero también como obligación moral.

  • la Srta. Beatriz – directora, creo, durante nuestro séptimo grado, allá en el ‘77 -, cuyo apellido ahora se me escapa, algo así como Angelini o Angelino, pero era el mismo de una ferretería que estaba en Córdoba entre Armenia (neè Acevedo) y Malabia. Un día me mandaron a comprar algo ahí, y justo ME ATIENDE ELLA! Ja! Horror y pánico en mi faz! Creo que era mejor persona que lo que recuerdo.
  • Una serie de encuentro boxísticos amateurs (organizados en los recreos seguramente por dos roperos hinchapelotas llamados Gulías y Viola), en uno de los cuales nos dimos de puñetazos mi amigo Eliseo Brener y el que escribe; jamás me sentí más miserable: era mi amigo, pero teníamos que pelearnos porque la plebe quería ver sangre. Y después dicen que la escuela no deja enseñanzas…
  • Una compañera que estuvo poco tiempo: Zarina Rebeca Stéfani. No hablaba con nadie. Y nosotros, mucha bola tampoco le dábamos. El grupo de las populares (Silvina Ravitti, Claudia Sigismonti, Sandra Fridman, etc.) tampoco. Perdonanos, Rebeca.
  • Un portavelas hecho de lata de durazno cortada con una tijera que no ayudaba mucho. Medio grado con las manos tajeadas.
  • Un corbatero recubierto de cuero, que me trajo una mala nota (por no haberlo hecho).
  • Una morocha bonita, Rosa Susana Fagúndez, que vivía en Uriarte y Castillo. Una vez fui a la casa, y no se me ocurrió hacer otra cosa que copiar los deberes. Tarde, no?
  • Un trabajo grupal sobre el petróleo. O era sobre la hormiga?
  • Nombres, muchos nombres… Manuel Benítez, el hijo de la Sra. Alcira, la portera; Aldo nosecuanto, que tenía una casa de cerramientos por Thames; Gabriel Zenkier, que vivía por Loyola y me caía 10 puntos; los hermanos Florentín, uno más quilombero que el otro; las hermanas Cristina y Nancy Domingorena, una más linda que la otra; el Pájaro Gandolfi, adalid y alma rebelde; Mario Alvarez, seguidor acérrimo del Pájaro; un tal DiDoménico, que salvo el apellido, poco sé; una Cristina Gismondi y una tal Ceballos; Andrés Barreto, que en 4º me afanó una cartuchera metalizada nueva, y aún me la debe (mejor que no te encuentre, gil, porque ahora sí te puedo embocar); una chica de 5º, Ramona, del pasaje Soria, acosada por los muchachos casi todo el tiempo.
  • Un Día de la Raza que, no sólo tuve que hacer de Colón, sino que fui vestido desde mi casa (3 cuadras de humillación y odio al Almirante).
  • Otro año que tuve qure hacer de Sarmiento agonizante. Me preparé para el papel con una agonía de, al menos, 15 minutos. Unas oportunas paperas salvaron al público de una experiencia difícil de olvidar. No sé quien me reemplazó. Ni me importa.
  • Unos tipos que hacían promoción de las figuritas Mix o Mix 2: repartieron fichus, medio de contrabando, a todo el colegio, y se armó gran-bolonqui-gran a la salida: uno de los pibes de 6º revoleó un pilón de repetidas, y fue peor que una piñata.
  • Creo que fue en sexto grado cuando se puso de moda La Bola Loca del Loco Gatti: un futbolista de plástico hueco en pose de trote, con un orificio para soplar y varios para salida del aire (cabeza, rodilla, pie), y un pequeño balón de poliestireno expandido (telgopor, bah) que había que hacer flotar de una tobera a la otra, como si estuviera haciendo jueguitos.
  • Los sachets de Mielcitas y alguna otra golosina igualmente abominable. Salvo, claro está, los bloquecitos Suchard.
  • La flaca María Elena Cantero, que al principio no me gustaba, pero después sí (cuando me dijeron que yo le gustaba), pero ella no lo sabía. Años después, siendo parte de la parroquia San Francisco Javier, tengo que ayudar al cura con un casamiento, específicamente, abrir las puertas. A la hora señalada, abro, y me encuentro con mi ex-compañerita vestida de blanco, a punto de entrar. Ripley, no existís!

Obviamente, esto sólo me interesa a mí. Creo que cuanto más recordemos, más nos vamos a explicar ciertos gustos y algunas conductas nuestras de hoy.