Siguiendo con esta lamentable costumbre de escudriñar a mis congéneres, prosigo con esta sencilla serie de consejos para aquellos varones que están por perder el rumbo de la masculinidad criolla.
- Así se baila el tango: El hombre argentino no baila. No es que no pueda, o no sepa. NO DEBE. A menos que se trate de tango, folklore o una danza ritual para la cosecha, el morocho argentino no debe lanzarse a la pista a cometer atrocidades. De por sí, el Homo Sapiens-Sapiens macho no está diseñado para la danza (desde el cuello hasta el tobillo es todo un hueso, sin articulaciones), no tiene gracia para bailar; si, aun así, insiste en bailar, no debe levantar los brazos por encima de la línea de los hombros, ya que será confundido con un ahogado, un evadido de Village People o un decorador de ambientes en plena crisis de nervios. Si quiere mover las patitas, reuna varios colegas y arme un picadito. Excepción: el carnaval carioca de una fiesta, cuando uno está borracho y sudado, y ya no le importa mucho nada, salvo cantar (es un decir) “So fla, fla, ae-e-e”. Recuerde: tanto Julio Bocca como Maximiliano Guerra son artistas, y nace uno cada tanto. No es su caso, ni el mío. Capishe?
- Tomo y obligo: a la hora de beber, rechace cócteles de colores locos, grandes vasos con sombrillitas, o tragos que haya que sorber con pajita. El verdadero hombre, el Conan de las pampas argentinas, el Atila de poncho y rebenque sólo chupa la bombilla de un cimarrón (mate amargo) bien cebado, y desdeña esos brebajes exóticos, propios de degenerados. Acepte: Caña, ginebra, vodka, querosene, daiquiri (Hemingway los bebía), fluido Manchester, etc. Rechace: cualquier cóctel muy elaborado o sospechoso de ser propio de damiselas. Recuerde: un verdadero criollo se jacta de beber sangre del cráneo de un animal que acaba de ultimar de una trompada en el morro. Compare esta viril y saludable imagen con un metrosexual sorbiendo Cosmopolitans con gesto mohino. Usted decide de qué lado está.
- Pucherito de gallina: Es Vd. de los que piden platos light, regados con agua mineralizada o gaseosa de dieta? A menos que tenga problemas de salud, no debería dar a entender al mundo que su silueta le preocupa, siquiera un poco. El verdadero morocho argentino sabe disfrutar la buena mesa, la buena bebida y la buena compañía, y rechaza cualquier plato que incluya guacamole, rúcula o tomates cherry (vegetales menemistas); el pescado sólo se come crudo si a uno lo está persiguiendo una partida enemiga y no se atreve a encender un fuego. Rechaza los platos de autor, y a sus autores; celebra los manjares que parecen hechos con las manos su abuela, esos guisos carreros, esos risottos… Se imaginan a la Nonna sirviendo “mozarellittas grilladas con suave salsa de arándanos y colchón de endivias y ciboulettes”? No, el macho argento se come un buey relleno de cerdo, relleno de perros, rellenos de codornices, con salsa de ruda macho, acompañado con sange de toro miura. Lo contrario, es renegar de la masculinidad autóctona. NB: como cualquier porteño sabe, el ragú es el hambre, las ganas de comer; no dejarse confundir por los modernosos que afirman que es un plato o una salsa. El ragú es el hambre, y el tornillo es el frío. Punto.