Pequeña aclaración: me he reencontrado epistolarmente con un ex-compañero de la primaria, y empezamos a recordar detalles de nuestro paso por la escuela Nº 23 “José María Bustillo”, Distrito Escolar 9º.
Y como las cenas de reencuentro a veces terminan mal (uno descubre que los recuerdos son mucho más agradables que las decepcionantes realidades), me he propuesto recordar. Sí, nada más que eso: rescatar del olvido detalles, nombres, sucesos. En suma, ejercer el derecho a que nada muera en el olvido. Como ejercicio, sí, pero también como obligación moral.

  • la Srta. Beatriz – directora, creo, durante nuestro séptimo grado, allá en el ‘77 -, cuyo apellido ahora se me escapa, algo así como Angelini o Angelino, pero era el mismo de una ferretería que estaba en Córdoba entre Armenia (neè Acevedo) y Malabia. Un día me mandaron a comprar algo ahí, y justo ME ATIENDE ELLA! Ja! Horror y pánico en mi faz! Creo que era mejor persona que lo que recuerdo.
  • Una serie de encuentro boxísticos amateurs (organizados en los recreos seguramente por dos roperos hinchapelotas llamados Gulías y Viola), en uno de los cuales nos dimos de puñetazos mi amigo Eliseo Brener y el que escribe; jamás me sentí más miserable: era mi amigo, pero teníamos que pelearnos porque la plebe quería ver sangre. Y después dicen que la escuela no deja enseñanzas…
  • Una compañera que estuvo poco tiempo: Zarina Rebeca Stéfani. No hablaba con nadie. Y nosotros, mucha bola tampoco le dábamos. El grupo de las populares (Silvina Ravitti, Claudia Sigismonti, Sandra Fridman, etc.) tampoco. Perdonanos, Rebeca.
  • Un portavelas hecho de lata de durazno cortada con una tijera que no ayudaba mucho. Medio grado con las manos tajeadas.
  • Un corbatero recubierto de cuero, que me trajo una mala nota (por no haberlo hecho).
  • Una morocha bonita, Rosa Susana Fagúndez, que vivía en Uriarte y Castillo. Una vez fui a la casa, y no se me ocurrió hacer otra cosa que copiar los deberes. Tarde, no?
  • Un trabajo grupal sobre el petróleo. O era sobre la hormiga?
  • Nombres, muchos nombres… Manuel Benítez, el hijo de la Sra. Alcira, la portera; Aldo nosecuanto, que tenía una casa de cerramientos por Thames; Gabriel Zenkier, que vivía por Loyola y me caía 10 puntos; los hermanos Florentín, uno más quilombero que el otro; las hermanas Cristina y Nancy Domingorena, una más linda que la otra; el Pájaro Gandolfi, adalid y alma rebelde; Mario Alvarez, seguidor acérrimo del Pájaro; un tal DiDoménico, que salvo el apellido, poco sé; una Cristina Gismondi y una tal Ceballos; Andrés Barreto, que en 4º me afanó una cartuchera metalizada nueva, y aún me la debe (mejor que no te encuentre, gil, porque ahora sí te puedo embocar); una chica de 5º, Ramona, del pasaje Soria, acosada por los muchachos casi todo el tiempo.
  • Un Día de la Raza que, no sólo tuve que hacer de Colón, sino que fui vestido desde mi casa (3 cuadras de humillación y odio al Almirante).
  • Otro año que tuve qure hacer de Sarmiento agonizante. Me preparé para el papel con una agonía de, al menos, 15 minutos. Unas oportunas paperas salvaron al público de una experiencia difícil de olvidar. No sé quien me reemplazó. Ni me importa.
  • Unos tipos que hacían promoción de las figuritas Mix o Mix 2: repartieron fichus, medio de contrabando, a todo el colegio, y se armó gran-bolonqui-gran a la salida: uno de los pibes de 6º revoleó un pilón de repetidas, y fue peor que una piñata.
  • Creo que fue en sexto grado cuando se puso de moda La Bola Loca del Loco Gatti: un futbolista de plástico hueco en pose de trote, con un orificio para soplar y varios para salida del aire (cabeza, rodilla, pie), y un pequeño balón de poliestireno expandido (telgopor, bah) que había que hacer flotar de una tobera a la otra, como si estuviera haciendo jueguitos.
  • Los sachets de Mielcitas y alguna otra golosina igualmente abominable. Salvo, claro está, los bloquecitos Suchard.
  • La flaca María Elena Cantero, que al principio no me gustaba, pero después sí (cuando me dijeron que yo le gustaba), pero ella no lo sabía. Años después, siendo parte de la parroquia San Francisco Javier, tengo que ayudar al cura con un casamiento, específicamente, abrir las puertas. A la hora señalada, abro, y me encuentro con mi ex-compañerita vestida de blanco, a punto de entrar. Ripley, no existís!

Obviamente, esto sólo me interesa a mí. Creo que cuanto más recordemos, más nos vamos a explicar ciertos gustos y algunas conductas nuestras de hoy.