Si, como afirma el griego en el Cratilo, el nombre es arquetipo de la cosa, en las letras de rosa está la rosa, y el Nilo entero en la palabra Nilo.

Jorge Luis Borges

Si bien todo el mundo al nacer tiene un nombre, es curioso cómo cambia nuestro modo de ser reconocido por los otros al ir avanzando en la vida.
De chico fuí “bebé”. También “mi bebé”, o “mi hombrecito”. Luego fui diversas versiones familiares de mi nombre, hasta que empecé la primaria. Entonces, fui un apellido.
Afortunadamente, no recibí apodos demasiado infamantes o populares. Era sólo mi apellido, y poco más. Más tarde, durante la colimba, se repitió el mecanismo, pero con un agravante: mis superiores me llamaron “el Subversivo”… Explico: durante una requisa general, apareció un cuaderno Gloria de mi propiedad, con poemas y dibujos antibelicistas (The Wall había pegado fuerte…), lo cual fue tomado por mi suboficial mayor como traición a la Patria…
En el barrio, en cambio, era llamado sólo por mi nombre. El contacto con amigos de mis conocidos, que no sabían cómo me llamaba, me dejó algunos nombretes, hoy olvidados. “Lungo” (desde la adolescencia me estanqué en el metro ochenta y cuatro). “Loco” (no comments!) o “Azul” (en algún partidito, por el color de la ropa).
Aún hoy, cuando alguna persona me para por la calle y me llama por cierto nombre, puedo ubicar casi automáticamente a qué etapa de mi vida pertenece:
-¡Freddy! (desde los 15 años porto un obceno mostacho; estaba Queen de moda, así que debe ser un conocido de principios de los 80’s..). Variantes: Fredo, McMurray (por el actor Fred McMurray).
-¡Pato! (apelativo que cargo desde fines de los 80, cuando entré a una agencia de publicidad. Es, entonces, un apodo profesional).Variantes: Patito (alguna chica), McPato, Sir Patrick (la gente de la publicidad es muy creativa, no?).
De la mano del amor, me han quedado un par de apelativos cariñosos, esos con los que no queremos que se nos llame en público.
Los apodos casi nunca son elegidos por nosotros. Los que sí elegimos, los nicks, esa máscara que usamos para exponernos al mundo, no siempre nos definen: más bien, esconden.
La elección de mi apodo es simple: siempre fui el más viejo en todo grupo humano que me tocó integrar. Y la maldición de la memoria, esa que me permite traer del pasado datos inútiles, me vuelve antiquísimo para la gente que no recuerda ni cómo se llamaba su segunda novia. Agréguesele hoy una barba con hebras de plata, y tendrá Vd. el retrato de un Chronos madurito.
Creo que me extendí demasiado. Quisiera rescatar algunos apodos de otras gentes, suscintos y geniales a mi parecer: Pelogris (a un canoso), Pocasoda (un borrachín), Muerto (un individuo pálido y apático) o Santi (por santiagueño, a un tipo poco dinámico).
Yo he sido yo, y también mis apodos. Contengo multitudes: llamadme Legión.