Siete de la tarde. Feriado. Estoy en la cocina (mi oficina, podría decirse) releyendo viejos escritos de mi mocedad. “No está mal, - me digo, mientras termino el mate, que ya pide a gritos que le cambien la yerba, - un poco tosco en la ejecución pero hay un par de buenas ideas…”. La tarde era apacible, casi perfecta. Por los ventanales de la cocina se filtraban esos últimos rayos de sol, oblicuos, bellísimos, que tejían extraños signos sobre los azulejos blancos de la pared.
“-Sombras de tristeza desgastan la calle / negros sentimientos me erizan la piel…” leía yo del viejo Cuaderno de Notas, cuando de pronto…
esta noche los cumbieros levanten los brazos los wachiturros tiren pasos…
Un movimiento sísmico de grado 15, un temblor que involucra más al alma que al cuerpo, una catarata de notas disparada por un orangután drogado con un acordeón a piano… no puedo describir el golpe sónico que me hizo girar la peluca una vuelta y media, descolgando dos cuadros de la pared y haciendo estallar los frascos de condimento de la repisita. Y claro, recordé, la familia nueva que se mudó a la vuelta… -Deben tener un cumpleaños, pensaba, mientras trataba de avanzar dificultosamente en contra de la onda sónica, mientras el perrito beagle de mi vecino colindante empezaba a profetizar en arameo; hay que aguantar hasta las 2 de la mañana y después la cortan, creía inocentemente yo…
asi sos vos hee hee una zorrita contra la pared!
y estabas vos hee hee apretadita contra la pared!
4:25 a.m. No parece que vaya a aflojar el ruido. Lo que sí se aflojó fue un tercer molar que me hace de badajo contra las otras piezas dentales. Mi remedio habitual, un saque de vodka, mitigó un poco el efecto del último ataque cumbiero; ya casi no tiemblo al escribir…
con las manos arriba haciendo palmass…
toda la noche yo te voy a dar cumbia mami mami si ke te va a gustar
Hace rato que mi vecino dejó de golpear la pared, pidiendo ayuda en código morse. No puedo hacer nada por él, apenas si nos saludábamos por las mañanas. Un redoble de tumbadoras especialmente grave provocó el desprendimiento de algunas nubecillas de yeso. No sé cuánto podrá aguantar el techo…
No se puede parar la música
Ya pasó una semana, y estos ñatos siguen con la música a todo trapo. ¿Será una familia numerosa y cumplirán años todos seguiditos?
Durante un momento de tregua, salgo nuevamente a la terraza con la cabeza envuelta en una vieja frazada del ejército, por las dudas, para mitigar el ruido cuando recomience el barullo. Hay varios pájaros muertos (uno de ellos es un albatros o una gaviota, no sé diferenciarlos), muchas hojas de árboles, un boleto de tren al que le falta una esquina, dos o tres colillas de cigarrillos. No termino de entender de dónde viene el estrépito: el fondo de mi casa da a varias viviendas linderas con vegetación alta, no se hace sencillo discriminar cuál es la casa-origen del ruido. Mientras tanto, habrá que habituarse, me digo a mí mismo, tratando de mantener en alto el espíritu…
Ya habíamos recibido anteriormente ataques desde otras casas; por la clase de música más o menos podíamos imaginarnos quién podía ser.
- Escuchá, están pasando marcha; deben ser los pibes del edificio de en frente.
O bien Los Piojos o La Renga al mangazo. Es la parejita joven de la casa en diagonal a la nuestra, creo que ella es arquitecta y él da clases de percusión. O al revés. En todo caso, se trata de una celebración, y dura un rato y ya está.
Pero estos otros ñatos escuchan cumbia a todo trapo y durante todo el día. Como si fuera la banda de sonido de sus vidas. Van al almacén con el celular en modo altavoz escuchando cumbia. Ellos y nosotros. Cumbia todo el tiempo. O peor, reggaetón, que es un engendro de laboratorio, todos los temas con la misma base (la deben comprar en el mismo lugar). Su música es (debe ser) nuestra música. Lo cual me ha llevado a una posible y espantosa conjetura: el uniregistro.
Adonde fueres…
Mi teoría es la siguiente: nosotros tenemos varios registros de conducta, aplicables según el lugar y el momento. No nos vestimos igual para un cumpleaños que para ir a hacer un trámite; ni nos comportamos del mismo modo en un funeral que en un recital de rock. Las circunstancias nos obligan a mirar a nuestros congéneres y adaptarnos. El registro, pues, cambia según nuestro entorno. ¿Me siguen hasta aquí?
Bien, el otro día estaba mirando a un tipo que estaba en pleno microcentro porteño sentado en el borde de la acera con los pantalones arremangados, tomando cerveza del pico de la botella, mientras alrededor pasaban tipos trajeados, motoqueros apurados, cadetes cargados de papeles. El tipo estaba ahí como si fuera la vereda de su casa. El mismo registro.
Otro: tres o cuatro tipos que venían de la cancha suben al tren, ajenos al gentío (hacía calor, estaba muy lleno) y seguían con esos cánticos extraños, con muchas letras i (i vamo lo pibiiisss) y aplaudiendo rítmicamente. Parecía un canto fúnebre cherokee. Y los tipos en su mundo. El mismo registro.
Y se ve que mis nuevos vecinos sufren de la misma carencia de registros. Se comportan igual en cualquier parte, como solipsistas o autistas desahuciados, cualquier lugar es lo mismo. Y también se aplica a sus gustos. No tienen variedad: lo que escuchan dentro del boliche también tiene que escucharse fuera de él. Aparentemente, pueden escuchar el mismo tipo de música todo el día, todos los días, toda su vida, sin aburrirse.
Mientras tanto, seguiremos aguantando hasta que alguna circunstancia externa o interna los convenza de que, después de todo, el silencio también es música.
diciembre 12, 2011 at 7:55 am
Primero, no sé si valga la pena hacer docencia con subhumanos: el sonido invade y viola al otro, porque podés no mirar ni ver pero no podés no oir. Segundo, entiendo que la violación sistemática nos habilita a la autodefensa sistemática. Yo no empezaría por los cumbieros (por eso de que son humanos y entonces sería homicidio premeditado) pero sí por los perros. Vivo en un consorcio que prohibe las mascotas y, sin embargo, alberga al menos 10 ó 12 perros que ladran intempestiva e histéricamente a cualquier hora entre las 8 am y las 4 am del día siguiente (sí, durante 20 horas al día). Dos de los cuales ladran a uno y otro lado de mi dormitorio, en un edificio en el que está prohibido por reglamento tener mascotas y, por supuesto, producir ruidos molestos. A esto hay que agregarle un par de boliches (no tan limítrofes) que de vez en cuando arman fiestas demasiado ruidosas y también los helicópteros que giran durante largos minutos justo arriba de mi casa (por ejemplo cuando trato de dormir) y los conciertos populares en Costanera Sur que hacen temblar mis techos e incluso desprenden algún pedazo. Me parece que hace falta bastante reflexión respecto de que el ruido es tan violatorio de la persona y su dignidad como cualquier otra cosa que se imponga contra su voluntad por cualquier orificio corporal. Parece que avanzamos (sólo parece) en los derechos personalísimos pero a diario nos violan sin piedad en nuestro mero derecho a vivir en paz, sin ser violados por los oídos todo el tiempo. Saludos.
diciembre 14, 2011 at 1:50 am
Por suerte no tengo vecinos así pero el tema del celular en modo altavoz lo he sufrido varias veces en bondis llenos en hora pico… y siempre fue con cumbia. Cuando esto no ocurre y si uno presta atención, puede percibir que hay mucha gente con auriculares escuchando a Los Piojos o a Montaner o cualquier otra música bien distinta entre sí, pero todos los episodios con altavoz fueron con ese género. Sin interés en profundizar sobre el tema aventuro una relación directa entre identificación tribal- musical e intencionada invasión provocadora.Abrazo, Patricio.
diciembre 14, 2011 at 3:06 pm
El tema de los perros en la ciudad al que apunta (y dispara) Cinzcéu da para una reflexión bastante más extensa y que posiblemente involucre a otras mascotas, esos sufridos sucedáneos de hijos propios. Creo que nos hemos vuelto locos voluntariamente…¿Cómo se puede convivir en una sociedad solipsista? Porque, como bien sospecha 1+, se trata lisa y llanamente de una provocación, una manera agresiva de espetarle al mundo: ésto soy yo, éstos son mis gustos.La cuestión es: ¿cómo razonás con un individuo perteneciente a una sociedad que ha reemplazado el razonamiento por la pasión? El fervor está bien para la cancha o para el amor, pero intenten, queridos muchachos, pedirle de buen modo a uno de estos equivalentes a los morochos-del-Bronx-con-radiograbador-sobre-el-hombro que baje un poco el volumen (o que se ponga un puñetero auricular!): recibirán una suerte de ululato cavernícola similar a "i qui ti pasa, gatu; ricatáte puto". Ojo que también he discutido con burguesitos de corbata y tampoco son muy tolerantes que digamos…¿Se legislará alguna vez sobre los ruidos molestos?Gracias a ambos por sus respectivos aportes, me han dado mucho en qué pensar. Abrazos!