Estas líneas que están leyendo son el comienzo de una serie de apuntes sobre las plagas caseras con las que un amo de casa debe lidiar, entre las que se cuentan insectos, felinos, aves y otras bestias.Desde ya, muchas gracias.

Linepithema Humile
Escena 1: un servidor, sentado en el baño leyendo. A pesar de lo absorbente de la lectura, algo se mueve por los arrabales de su campo de visión. “Un problema de la vista”, pensó, “las letras parecen moverse como hormigas”. Rápido vistazo de reojo. Efectivamente, eso que está en el suelo mirándome es una hormiga o una efe minúscula Times New Roman cuerpo 6, desprendida del diario. Lex parsimonia, se dijo: esa cosa ahí, en el suelo (ahora son dos) tiene que ser una hormiga.
Acostumbrado al contacto con alimañas desde su infancia, el que esto escribe acercó un tímido dedo índice, anticipando el alarido y posterior huida descontrolada del infame reptil, pero hete aquí que lejos de escapar, husmeó (o lo que sea que hacen las hormigas con las antenas) y procedió a escalar por el apéndice carnoso, cuesta arriba.
¿Qué clase de animal hace esto? No hace mucho este mismo escriba fue prepoteado por una cucaracha compadrita. Ahora, una hormiga intentaba establecer con él un contacto del cuarto tipo. Algo raro estaba pasando…

Vecinos Invasores
No es la primera vez que nos veíamos las caras: desde hace unos años, estas hormigas argentinas me andan rondando por la mesada de la cocina, esperando que termine de cocinar para ver qué pueden rapiñar. Curiosamente, no andan en pos de platos dulces: hurgan en el fondo de la bifera, buscando el juguito o la grasa de la carne, y empiezan a llamarse entre ellas, y a sus parientes. Y vienen, de a millones, casi nunca desde el mismo punto de origen: su hormiguero debe estar plagado (nunca mejor dicho) de puertas, como un shopping center. Mejor dicho, al revés: la casa donde vivo ES su patio de comidas.
Me sigue sorprendiendo lo rápido que perciben la presencia de alimentos. Sin exagerar, entre el momento en que se me vuelca algo y el instante en que aparece un explorador no pasan ni diez minutos (lo que debía ser un post de indignación se ha vuelto casi una apología himenóptera).

El Transportador
Me da lástima matarlas, tan pequeñas ellas. Tienen a su favor su gran poder residual: desde que llegaron a mi vida, he dejado de tener cucarachas y otros batracios de ese estilo. Aparentemente, compiten por el mismo nicho ecológico (sea éste cual fuere) y ganan por paliza. Y hasta les tengo cariño.
Estas dos que están en el baño son una especie de observadoras o exploradoras. El modo en que trabajosamente trepan por mi cuerpo, tratando de conocerme (hasta ahora, no me han mordido ni una sola vez) me da una especie de ternura, como la que tal vez habría sentido Dios al ver a Adán descubriendo cada nuevo árbol del Edén. Tal vez la respuesta sea más pedestre: para ellas, sólo soy su medio de transporte de larga distancia.
Para aquellos que tienen la dicha de no conocerme en persona, debo aclarar que estoy compuesto en un 70% por pelos (el 30% restante es agua), los que me permiten, por ejemplo, pasar los inviernos en camiseta. Bien, aparentemente estas hormigas emplean mis cabellos a modo de liana o garfios de doma (como en Dune) para trepar y hacerse llevar de garrón a todos lados. Cuando de chico leía que ciertas plantas prosperaban porque sus semillas eran transportadas por los animales, me causaba gracia. Ahora, que soy el animal transportador, ya no me río.

Antz
¿Qué hacer? Por ahora estamos en una especie de entente: yo no las mato y ellas me libran de los insectos que detesto, me limpian de grasa las hornallas y me cuidan la casa cuando debo salir. No sé cuánto durará este acuerdo, pero ellas se han percatado de algo, mucho antes que yo: a veces, sin pensar, me mordisqueo las uñas. Y en más de una ocasión vi a una hormiguita fatigada bajo el peso de un fragmento de materia vagamente reconocible como una uña. Y así como los ácaros se nutren de nuestra piel descamada (no los vemos, y aunque nos llene de espanto saber que nuestra cama está llena de ellos, al rato lo olvidamos), me pregunto qué otro fragmento de mi persona ha servido de alimento a estas Linepithema humile… Dejémoslo ahí.

Escena 2: esta mañana, mientras braceaba como un ahogado tratando de llegar al despertador de la mesa de luz (números verdes parpadeantes como ojos de un monstruo miope, un intermitente mugido de fastidio, no se si mío o del radiorreloj), me pareció ver algo fuera de lugar, un reflejo verdoso sobre un cuerpecito marrón y paciente…

Alguien me estaba mirando.

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