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Querido Sergio Ferraro:

El 9 de mayo operaron del tumor cerebral a mi esposa Mónica, y salió bien.
El postoperatorio tuvo complicaciones: una fiebre intermitente que complicó toda la recuperación, ya que no podían encontrar la causa. Se la medicó para meningitis, y aparentemente iba bien la cosa. Pero la fiebre reapareció, y el 2 de junio una punción cerebral mostró presencia de bacterias.
La nueva medicación parecía la indicada, ya que tuvo las 48 hs sin fiebre que necesitaban los médicos para saber que ése era el camino correcto. Estaba en Terapia Intensiva recuperando muy a poco la movilidad, y tenía momentos de lucidez y buen humor.
El 4 de junio a la noche la dejé en terapia y me fui a dormir. A las 6 de la mañana llaman de la Clínica para que fueran los familiares. Mi cuñada y yo, que estuvimos durante todo el proceso, lleganos desconcertados, porque nada hacía pensar que hubiese desmejorado.
Como en esas películas tantas veces vistas, el médico de guardia se acercó y pregunto con cara de nada “ustedes son los parientes de Mónica”?
“No- me repetía a mi mismo- esto no está pasando, se equivocó de paciente, seguro va terminar diciendo que se salvó de milagro y está muy delicada”.
Estas cosas le pasan a otro, o pasan en la ficción.

El médico seguía hablando de hipotensión, braquicardia, fallo respiratorio, foco séptico… Yo escuchaba a medias, esperando que fuera al grano y se dejara de joder con esa jerga médica. Mi cuñada- que es kinesióloga y conoce más de esto- se largó a llorar y a decir que no, mi hermanita, no, y yo la miraba sin entender hasta que el tipo dijo “…embolia pulmonar, no pudimos hacer nada más.”
- Disculpame, ¿me estás diciendo que se murió?
- Sí, lo siento mucho…
- La podemos ver?
Pasamos a la sala 8, y estaba muy serena, desconectada de todos los tubos y sueros, aparentemente dormida, y cuando la toqué estaba tibia y en paz, como reponiéndose de un gran cansancio.
- No estará en coma o algo así?, le pregunté a Ana.
Me engañaba a mí mismo, y aún hoy, después del sepelio y la asistir a la despedida del féretro hacia esas terribles puertas dobles del horno de cremación, con una corona de laureles o algo así grabada en cada una de las puertas, y ver que ella se iba y me dejaba para siempre, tengo en el alma un vacío que, espero, no pueda colmar nunca, porque sé con con la aceptación viene el olvido, y sé que voy a tener que pelear cada día contra el olvido, con las cosas y las ropas y remedios y papeles que son parte de ella y que voy a tener que tirar porque ella ya no está.
Ahora, mientras escrio esto, lloro sobre el teclado, y ruego a Dios que me de entereza para cuidar bien a nuestro hijo Agustín, y a sus abuelos, que han perdido a su hija.

Disculpame si te la hice larga, hermano, pero quería contarle esto a alguien sin que me vea llorar. Me han abrazado, palmeado la espalda, me han acompañado en este trance tanto mis amigos, compañeros de trabajo, mis jefes, familiares, los compañeros de 5º año de Agustín y sus profesores; el grupo Scout de mi hijo nos ha acompañado todo el tiempo y despidieron al ataud cantando la “Canción de la Amistad” (Auld Lang Syne), me han repetido “lo que necesites, viejo” miles de veces. Y lo que necesito es llorarla como corresponde, porque era mi esposa, mi gran y único amor, mi mejor amiga y mi refugio desde aquel 13 de mayo de 1989 en que le pregunté:

- Te animás a salir conmigo?

Un abrazo.

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