Mayo 2008


(Luchador-Tigre, P.G.Bazán 1989)

Estamos rodeados por el marketing. Si nos entregamos pacíficamente, seremos picadillo de carne. Si resistimos, será mera cuestión de tiempo hasta que caigamos en la picadora de boludos…
En la tele, en la radio, en el cine y las revistas, nos bombardean con órdenes básicas de este tipo:

  • Manda YA un SMS al *2828 con el texto NOVI, y te podés bajar a tu celular los mejores cuentos de borrachos!
  • Entrá a www.somosunosnabos.com, poné tu foto mostrando el píloro, y así ayudás a los pandas a tener un matrimonio feliz.
  • Salvá al fifanodonte del Transvaal de la extinción enviando un mail con “FIFA SI” en el asunto, a la dirección ….
  • Descargá gratis de su propia página el documental Zeitgeist, y vas a descubrir cómo te estuvieron mintiendo toda tu vida… (sic).

La publicidad siempre nos trató de lavar el cerebro; eso no se discute. El problema actual es el nivel infantil de las motivaciones. Cualquiera que recuerde la campaña de márketing viral “Que vuelvan los lentos” de una marca de snacks, sabrá de lo que hablo: no había programa de radio o TV, ni conversación casual que no mencionara la cuestión de los temas lentos, e invitaba a no sé que absurda compulsa en un sitio ad-hoc. Para peor, el tema ese de Foreigner ya me repelía cuando era nuevo, calculen lo que me provoca 20 años después…
Muy fastidioso son los avisos de una ¿empresa? que muestra -vía celular- chistes, consejos sexuales, videos de colegialas o chistes impresentables. ¿Quién puede ser tan pelotudo como para pagar para le envíen el cuento de los perros del Curro? Y sin embargo, como diría un amigo pescador, los peces pican. Sólo se trata de poner la carnada adecuada…
Entonces, ya que no podemos evitar que la publicidad (disimulada al principio, descarada hoy día) nos intente lavar la cabeza, modestamente propongo un antídoto que nos permita salir airoso de un enjuague final.
La idea me la dio Alfred Bester en “El Hombre Demolido”, donde el villano engañaba a los telépatas que querían “leerlo” mediante la repetición mental de una melodía pegajosa de estribillo irresistible (“Tensión, compresión y empieza la disensión!”). En vez de preciados secretos, lo que se llevaban los invasores era una tonada insoportable en su propia cabeza.
Ante los primeros síntomas de posesión, debemos desacreditar la canción o mensaje, alterando su contenido. Por dar un ejemplo, cuando era chico pasaban una publicidad de arvejas “Valle de Oro”, que me molestaba por su repetición. Le cambié la letra, y a tal punto tuve éxito, que hoy sólo recuerdo mi versión fraudulenta (“…Ahí vienen las arvejas, están todas podridas, Arvejas Valle de Oro, Arvejas Valle de Oro…”). Olvidé cómo sería la original.
Si un jingle radial insoportable alaba las virtudes de un producto, cambiémosle la letra para denostarlo. Se nos pegará más nuestra versión inofensiva que la del producto. Y por supuesto, ni hablemos de comprar dicho producto o servicio. ¿O usted, lector, contrataría un seguro porque vio un aviso gracioso?
Armémonos, camaradas, que la lucha hoy día no es por ideologías, si no por el porcentaje del share…

(Déjà Vu - P.G.Bazán, 2001)

Todos hemos pasado, en alguna etapa de la vida, por un período de… ¿cómo decirlo..? “Pelotudez en barra”, con perdón de la mesa puesta. Es decir, un grupo de jóvenes ociosos, con más imaginación que buen juicio, y con ganas de divertirse a costa del prójimo.
No voy a revelar los nombres de mis cómplices, ni el de nuestras víctimas; los nombres han sido cambiados para proteger a los inocentes.
Nuestro dogma era producir perplejidad, un mínimo asombro que hiciera que la víctima dudara de su concepto de la realidad, que fuera testigo de un hecho ilógico. No admitíamos ese tipo de bromas que terminan con una víctima humillada, indefensa, temblando de ira y vergüenza por el mal rato pasado. Nuestro objetivo era, simplemente, crear un hecho artístico imperceptible.
El procedimiento era simple: se buscaba una víctima anónima y sedente: por ejemplo, un señor parado en una esquina, una de esas personas que pertenecen a esa raza de inmortales que realiza una actividad que no comprendemos, y emplea mucho tiempo en ella.

Para describir una de nuestras perfomances, o “platos del día”, usaremos los siguientes términos: la víctima será el cliente y los actores, los camareros; el jefe de operaciones, que no interviene salvo en una emergencia, es el cheff. Como en esa época no existían los celulares, trabajábamos con un lenguaje de señas previamente acordado. Y era importante que hubiera un teléfono público cerca.

Paso 1: ubicado el cliente, se acercan a él los camareros A y B, hablando entre ellos alegremente y a viva voz:
- … qué jugador, por Dios; lástima que lo quebraron y tiene para 5 fechas.
- ¿En serio?
- Sí; lo sacaron de la cancha y lo llevaron directamente a la Clínica del Buen Pie.
Se alejan, con comentarios elogiosos sobre dicho nosocomio.
Dejar pasar 5 ó 10 minutos entre un paso y otro.

Paso 2: el camarero C se dirige al teléfono público y realiza una falsa llamada a un falso médico.
- ¡Hola, doctor! ¿Cómo está? …. Si, es por la radiografía… Y me derivan a…. Sí… Traumatólogo…. La Clínica del Buen Pie… Sí, anoto…. ¡Gracias, doctor, buenas tardes!
El cliente, si oyó ambas conversaciones, piensa en casualidades.

Paso 3: Camareros E, F y G pasan, fingiendo una agria discusión, en la que se menciona la bendita Clínica.
A esta altura, el cliente empieza a dudar de su cordura o de la realidad, o bien sospecha la verdad: se trata de una conspiración bastante tonta…
Advertencia: nunca un camarero tomará contacto con el cliente, ya sea preguntando la dirección de dicho establecimiento, u otra treta similar. El cliente debe ser testigo, no actor; si el cliente se acerca y pregunta algo, deberá ignorárselo (como los camareros en la vida real, je!).

Si, después de tantos años, alguno de nuestros clientes está leyendo esto, sepa disculpar nuestra maldad inofensiva; si, en cambio, aquello le hizo pensar acerca de la naturaleza de la realidad y de la percepción… no creo que ahora esté leyendo esto.

Escena hecho con Bryce® (Rambler”, 2002)

Si en el post anterior hacía aparición la entropía o desorden, en éste me voy a ocupar del orden.
En general, a fin de año hago un despulgue de papeles, programas de cine, invitaciones (a eventos que no fui), folletos, volantes comerciales, y todos los otros tipos de necedades impresas. Esta vez me retrasé un poco, y este fin de semana pasado se apoderó de mí una Santa Cólera y comencé a desechar porquerías que, en algunos casos, databan de mediados de los ochentas. Y dentro de un sobre, con otros papeles sueltos había unas anotaciones de mi puño y letra (qué sensación de extrañeza ver algo escrito por uno hace mucho tiempo) que eran, curiosamente, recetas.
Dentro de ese mismo sobre viejísimo y arrugado también había recortes de diarios, fotocopias de escenas de películas de film-noir (reconocí “Adiós Muñeca”, con Dick Powell), tres páginas arrancadas de algún viejo diccionario ilustrado con referencias a la novela negra estadounidense, y un guión de historieta toscamente tipeado y lleno de anotaciones marginales. Sí, era mío, y lo había olvidado.
Era el primer borrador de una historia de ficción que incluía un detective a lo Chandler, un cliente que quería recuperar una estatuilla antigua y valiosa, y una secta misteriosa. “El Caso Ptolomeo” ponía en la portada, y el héroe se llamaba (en esta encarnación) Rambler.

Doble central de “El Caso Ptolomeo” (1987)

Era una historia de 8 páginas en blanco y negro y salió, con bastantes cambios en el guión, en un fanzine de nombre “La Brújula”. Las fotos y los otros datos eran referencias para la ambientación de la historia. Y como los detectives de ficción beben bastante, en especial bourbon (whisky de centeno), evidentemente quise hacerlo un poco menos convencional y busqué licores exóticos. Y anoté varios tipos de bebidas fácilmente realizables en mi propio domicilio con las que experimentar, entre las que estaban el licor de café y el Irish Cream. Estas son las dos recetas.

Licor de la Tía
Agua: 1 litro
Azúcar: 500 grs.
Té: 4 saquitos
Café: 350 cc, bien fuerte.
Vainillina: 1 cucharada
Alcohol etílico: 250 cc.

Preparación: Colocar en una olla un litro de agua fría el azúcar y disolverlo. Luego, llevar al fuego. Al romper el hervor, colocar el té y dejar cocer durante 10 minutos. Retirar los saquitos y seguir la cocción hasta que quede un tercio del agua y se forme una especie de almíbar. Dejar enfriar. Hacer un café bastante fuerte: café como para un litro, pero en agua como para 350 cc. Va a quedar un café bastante espeso y aromático. Agregar al preparado anterior. Cuando todo esté frío, agregar el alcohol. Embotellar y dejar estacionar 15 días antes de consumir. No requiere frío y se la banca un año.

Irish Cream
Whisky: 2 tazas
Leche condensada: 2 latas
Extracto de vainilla: 2 cucharaditas
Glicerina: 2 cucharaditas
Café instantáneo: 1 cucharada

Preparación: Colocar los ingredientes en un bol y mezclar con batidor de alambre durante 5 minutos. Una vez mezclado todo, colocar en una botella oscura y guardarla en la heladera. Como no contiene conservantes, dura cerca de seis meses.

No lo veo a Sam Spade o Phillip Marlowe tomándose un Tía María® o un Baileys®, así que lo hice bebedor de vodka, como yo. O yo como él, que es peor… Después, el personaje quedó archivado y-casi- olvidado. Pero no así las recetas de los licores.
Si se animan a prepararlos, me cuentan cómo les salieron.

Saludos.

Actualización: Licor de Dulce de leche

Ingredientes:
500 cc. de agua
500 grs. de dulce de leche (no el repostero)
400 grs. de azucar
250 cc de alcohol etílico

Preparación:
Poner en una olla el agua con el azúcar, y colocarla sobre un fuego no muy fuerte hasta obtener una especie de almíbar. Añadir el dulce de leche y revolver hasta mezclar todo. No tiene que romper el hervor! Enfriar, agregar el alcohol y envasar. Requiere frío y dura unos seis meses.

Ahora sí, chau.