
A los argentinos siempre se nos acusó de tener vocación imperial. Nosotros respondíamos que, si no fuera por las naciones que nos tienen doblegados desde hace tanto tiempo, seríamos una Argentina Potencia. Bien, hace ya rato que perdimos, ya no digamos las oportunidades, si no hasta el sueño de un país fuerte y próspero y la cultura de lo nacional, la imaginería de aquello que nos representa.
Es curioso ver los malabares que hacen los noticieros cuando tienen que bautizar un suceso que ocurre en otro lar, pero que repercute en el nuestro. Cuando ocurre un descalabro en la Bolsa de Valores mexicana que amenaza con secarnos para todo el viaje, se habla del Efecto Tequila. El mismo problema, pero en Brasil es llamado Efecto Caipirinha. Calculo que si pasara en Rusia se llamaría Vodka, Pisco en Perú, etc. Pero si el tsunami económico se originara aquí, ¿que mote le pondrían en los países afectados? … Efecto Mate Amargo… Mmmm… Caña quemada Legui… Giñebra… ¿Anís 8 Hermanos? ¡No tenemos bebida alcohólica que nos represente!
Pongamos otro caso. En las películas (o en videojuegos) de peleas donde se muestran torneos internacionales, es típico que el representante de Japón sea un sumotori, el luchador anglosajón sea un boxeador o el brasileño sea un experto en capoeira. ¿Y nosotros? ¡No tenemos artes marciales autóctonas!
Decidido a recuperar, aunque sea en mi imaginación, un esplendor que quizás nunca tuvimos, desde aquí propongo la invención de un tipo de lucha que nos distinga de otros dudosos revoleadores de extremidades foráneos. El nombre es lo de menos, lo dejo a vuestro criterio. Vamos a los detalles:
- Técnicas de lucha: como el pancrasio helénico, que era mezcla de pugilato y de lucha, nuestro arte marcial incluiría golpes de puño, patadas en los respetables, cabezazos tucumanos, talonazos en los empeines, etc. (la necesidad es la madre de la inventiva), todo adornado con ululatos varios (por ejemplo, un buen sapucai correntino) que desconcierten al contrario. Todo combate debe comenzar con un desafío al oponente, gritado en plena faz, del tipo de “los científicos argentinos son los mejores del mundo”, “sos un negro, pero de alma, no de piel”,, “Pelé se la come, el Diego se la da”, etc. La idea es que, ante tanta superioridad, el enemigo quede desconcertado. El combate termina cuando el otro luchador queda inconciente, situación que los amigos o asistentes de nuestro representante aprovecharán para afanarle la guita y/o las zapatillas.
- Indumentaria: nada de piyamas ni túnicas; el luchador argentino debe ir de camisa, pañuelo al cuello, bombachas de campo y alpargatas (ver foto; la bota con espuelas entra en la categoría de armamento). Encima, un poncho salteño y, tal vez, boina vasca. Nada de afeminados cinturones de colores, acaso una simple cincha o unos tiradores pa’que no se le caigan los lienzos al atleta.
- Armamento: nada de katana, facón al cinto; las nunca bien ponderadas boleadoras (bola perdida, bola pampa o Las Tres Marías) del lado izquierdo, una tacuara en la diestra. ¿Shuriken? El luchador criollo porta siempre unas galletas marineras de la semana pasada, que arroja certeramente sobre su oponente, al grito de “vuélvanse a su país, cartoneros!”. En caso de emergencia, se puede utilizar al mate como arma arrojadiza o de disuasión, permitiéndole al guerrero huir (in)decorosamente.
Ya, ya; sé que hay que pulir algunas cositas. Esto fué solo una inofensiva ensoñación (no la del tipo de “si los ingleses no hubiesen perdido durante las Invasiones…”), un pequeño divertimento personal. La tarea de convertirnos en un país en serio es, precisamente eso, un asunto serio.
