“Ahhh… la época de Ramsés II…”

Hay en el mundo una raza de gente privilegiada: esa que siempre cae en el lugar indicado, en el momento preciso, que llega a horario para vivir la Edad de Oro…
Uno, generalmente, no pertenece a este selecto grupo. Vaya adonde vaya, mi estirpe siempre llega a los lugares cinco minutos después de los buenos momentos.
Para dar una ligera idea de lo que quiero describir, vayan estos ejemplos.

  • CASO 1: supongamos que es usted un hombre masculino y conoce a una señorita de buen ver. Salen, se divierten, beben tragos de colores en fiestas con amigos. Usted lo pasa bien, hasta que ven juntos un viejo album de fotos de ella. Y entonces comprueba que esta interesante mujer de hoy, hace unos años era una terrible yegua, un fatal cóctel genético de Angelina Jolie, Raquel Welch y Mónica Bellucci. Y lo que a usted le inflama la sangre es no haber estado allí. Peor: saber que algún guacho lo disfrutó antes, en el mejor momento. Para que se entienda, es como si Don Johnson le pasase una copia de “Doble de Cuerpo” de Brian de Palma a Banderas y éste viera el numerito de Holly. Tarde piaste.
  • CASO 2: Usted llega a un nuevo empleo, donde comienza a conocer los detalles de su trabajo y a sus nuevos camaradas. No faltará, seguramente, quien le refiera las magníficas condiciones de trabajo que había hace un par de años atrás, cuando usted aún no estaba ahí: que el Jefe de Personal era comprensivo, que la comida del Comedor era excelente, que no sabés qué buenas estaban las secretarias, que los sueldos estaban equiparados con los de las multinacionales, que… que… Tarde piaste.
  • CASO 3: De algún modo, usted ingresa a un nuevo grupo de amiguetes. Son agradables, buenos conversadores, ocurrentes, pero no puede faltar el “no sabés las festicholas que organizábamos hace unos años, cuando estaba Fulano, que era el alma de las fiestas. O Mengano, que se murió, pobrecito. ¿Lo conociste a Mengano? No sabés lo que era, cómo nos hacía reir…”. Tarde piaste.
  • CASO 4: Usted nace en Argentina, en los ’60s. No puede evitar oír las añoranzas de sus parientes que evocan la Edad de Oro, cuando “no se podía caminar por los pasillos del Banco Central, por la cantidad de oro acumulado!” Y usted lo único que ha conocido es la recesión, o la hiperinflación, o las devaluaciones… Tarde piaste.

Siempre hemos llegado tarde a todos lados. Cuando llegamos a una fiesta, están barriendo las serpentinas del carnaval carioca.

¿Y cómo se sale de este círculo de noria?
Una opción podría ser, tal vez, dejar de ser un perpetuo recién llegado y generar uno mismo sus propias Edades de Oro. Organizar fiestas donde la gente la pase bien y se diviertan con uno. O amar incondicionalmente a esas mujeres que han tenido un pasado revoleador, porque aún nos pueden brindar un futuro muy interesante. Tratar, en definitiva, de ser uno cada día un poco mejor para que, allá en el futuro, alguien nos sea presentado en una fiesta y nos diga: “¡No sabés cuánto me han hablado de vos! ¡Tenía muchas ganas de conocerte..!”

Y si, era inevitable…. tan cercana la fecha oficial para emocionarse y organizar festejos… No, la Navidad no es, falta para eso. Aunque, en su estructura externa, vendría a ser algo parecido. 20 de Julio, Día del Amigo.
No está mal tener un día prefijado para ser buena persona y portarse empalagosamente con los conocidos. Pero si tenemos que hacer fuerza entre todos para sentirnos amigos y juntarnos en un sitio que seguramente estará colmado de otras gentes que también celebran su amistad… No sé, no sé… Desconfío de las emociones programáticas.
Igualmente, la idea de este post no era quejarme de las festividades forzosas, sino saludar a algunos amigos que tuve y (creo) aun tengo.

  • Luis Alberto Rosas: un gran amigo y un dibujante como la copa de un pino (le debo un post con sus dibujos… Ya llegará). Luisito: dondequiera que estés, si ahí existe un bar, esperame con una cerveza como la tomabas vos, con maníes adentro ;) Un abrazo grande (si las alas me lo permiten).
  • Andrea Scipione: una gran amiga; si no hubieras conocido a mi amigo Toby, él no me hubiera presentado a vos, y no me hubieras presentado a tu amiga, hoy mi esposa. A veces, no somos más que agentes del Destino… Un abrazo, de parte del Hermano Malaquías.
  • Eliseo Brener: un compañero de primaria que recuerdo con mucho cariño. Eliseo: espero que sigas bien. Un beso a la familia.
  • La Barra de Gurruchaga. Ricky Palma, Mauricio, José Luis Jato; Gustavo, alias Takayama (el hijo del tintorero, cordobeses ambos); Rubén Espiño y otros: compañeros de infancia y adolescencia, gracias por todos los juegos compartidos. Espero que anden bien.
  • Claudio Bertolami: un gran amigo, e incluyo también a toda su familia, y a las hermanitas Irurzun (especialmente Raisa, un beso!). Gracias por todo. Como ven, no me olvido.
  • Sergio Ferraro: compañero de la agencia, buen tipo además. Un fuerte abrazo, y un cariño a la familia.
  • La Barra de Serrano. Leonor, Pablo, Vivi, Andrea, Fabián, Mariela, José Luis Alonso (que haiga paz!), José María (espero que sigas cantando), Atilio (se acuerdan?) y otros tantos que conocí aquél 20 de diciembre del 1983 en la parroquia de San Fancisco Javier. Para mí, ese es el día del amigo. Los quiero mucho, aunque les joda que no les ande zangoloteando alrededor (me he vuelto un peronista: de la casa al trabajo y del trabajo a casa; jódanse ;)
  • Toby y el Negro Hernán. Dos amigos de fierro, casi dos hermanos. Hemos vivido buenas y malas, sabiendo que el otro siempre estaba cerca. Eso, tal vez, defina al amigo: aquel con quien se descubre y comparte los grandes temas de la vida: la primer pelea, la primer borrachera, el primer llanto por una mina… ¿Te acordás aquél juramento en San Bernardo, Negro? Seguimos siempre amigos, hasta el final. Levanto mi copa por ambos.
  • Fernando el panadero, Marcelo Casado y la barra del Bar Ayer. Gracias, gracias, gracias…
  • A todos mis compañeros de laburo, antiguos y actuales (en general, he tenido tantos que hacer un listado sería interesante sólo para mí). Un fuerte abrazo.
  • Y por último, mis recientes amistades virtuales: gentes que comparten sus pensamientos y vivencias, personas a las que, salvo algunos casos, no les conozco la jeta. Son aquellos que están en la columna de la derecha de este blog, bajo el tanguero rótulo “Los Amigos Que El Oro Me Produjo…” (Beroy, tú también estás, pero más abajo, en otra categoría). Un gran abrazo a todos ustedes.

Obsérvese que no intento contactarlos para vernos en el patio de comidas de algún shopping y recordar los buenos viejos tiempos de mierda. Algunas cosas se han ido, y está bien: ya no somos los mismos. Temo reencontrarme con seres extraños, señores y señoras que se quejan de la vida de hoy con el mismo tono superficial de los noticieros; mis amigos están allá, en mi juventud, cuando éramos felices e inmortales. Estos de hoy son sólo fantasmas.

ADVERTENCIA: Si a alguno se le ocurre caer en las tontas promociones o marketing viral sobre el Día del Amigo que ya está rondando por ahí (una compañía telefónica y una marca de cerveza), plis, ruego que me dejen afuera; aquellos que sucumban a la tentación y me incluyan en algún acto lacrimógeno, serán atacados violentamente vía mail-bombing o similar. Piénsenlo bien: si me quieren, no me hagan pasar papelones.

Y como decía aquel presentador, gracias por todo. Buenas noches, y buena suerte.

Para nosotros, los hombres que trabajamos solos de noche, la radio fue siempre la amiga ideal: nos hace compañía sin exigirnos demasiado, apenas un poco de atención consciente cada tanto.
Mi relación con ella viene de mi niñez, donde siempre hubo alguna, pero jamás olvidaré un primer encuentro con una radio que, creo, era de mis abuelos, y podría fechar más o menos a mis diez años. Había en la casa un mueble bajo, oscuro y con dos puertas, como un pequeño aparador lleno de molduras. Al parecer, siempre había estado allí, sin que yo lo notase. Y un día, estando solo en la casa, me acerqué al mueble misterioso y, al abrir las puertas, me encuentro con un aparato extraño, con tres perillas gordas, rosadas y tentadoras. La de la izquierda, al ser girada en sentido horario, y tras un click inicial (que a mis pocos añitos sonaba como un fuerte y eléctrico ¡Tump!) servía para encender el aparato y darle volumen. Al comienzo se escuchaba un zumbido ligeramente amenazador y, de a poco y como viniendo del pasado, unas voces cordiales o una música un tanto distorsionada. Era una vieja radio de válvulas, y ya ver ese resplandor gradual era todo un programa…
Al girar la perilla central (menos de un cuarto de vuelta, la rueda se clavaba entre esos dos puntos con un ¡tuc! bastante seco) se podía elegir entre Onda Corta y Onda Larga, lo que supongo ahora se le llama MW o AM. Finalmente, la perilla derecha permitía navegar por las distintas estaciones de radio de esa época.
Cuando entendí que la onda corta sintonizaba programas de lugares lejanos, las posibilidades del asombro se multiplicaron. Hasta fantaseaba con la posibilidad de pescar alguna transmisión inusual: la voz de los marcianos o un pedido de socorro venido del más allá. Todavía se me eriza la piel al rememorar esa muda espectación con la mirada en la nada, la mano girando minuciosamente la perilla del sintonizador, como si fuera la caja fuerte de Alí Babá.

Y esperaba que todos se fueran de la casa, aunque sea a comprar al almacén de Jesús, que quedaba a la vuelta de mi casa natal. Y cuando me quedaba solo… ¡Qué momento inolvidable! Era la Hora Mágica. Sonido, sí, y también esas lucecitas rojas y verdes, y ese logotipo de la Stromberg-Carlson, y la fantasía de estar manejando una extraña máquina alienígena, hermosamente diseñada, con ese zumbido valvular y esas voces distantes, antiguas, artificiales tal vez…

Después vinieron otras radios: otro mueble más grande llamado combinado, con radio y bandeja para longplays; una Noblex Siete Mares, y los inevitables combos de radio-reloj, radio-tocadiscos portátil o radio-grabador. Obviamente, no le llegan ni a los tobillos a esa radio de mi niñez, una señora ya antigua para mi época, pero con ese aire de aristócrata venido a menos que me conmovía. Y su recuerdo aún hoy me emociona…

Qué frío hace. Encima, llueve… Me gusta caminar bajo la lluvia y sin paraguas, porque las cosas tienen un aspecto distinto, como más triste o más desleído.
Como cualquier hijo de vecino, camino mirando hacia abajo, lo que me permite descubrir cosas inadvertidas en un día de sol y urgencias cotidianas.

El aspecto de las calles después de una gran tormenta es distinto al de ese mismo paisaje bajo la llovizna. No nos confundamos. Un paseo después de un temporal es casi un trabajo de campo arqueológico, una kermesse para el curioso. Se encuentran restos un poco más trágicos: media maceta, ramas de árbol desgajadas, paraguas destripados, fragmentos arrancados prematuramente de su origen por un gigante furibundo. No, me refiero a una lluvia tranquila, bajo la cual uno encuentra cosas que ya han sido descartadas por sus dueños.

Lo primero que veo es un naipe: un seis de bastos. No lo levanto, está muy estropeado y además ya lo tengo. Es que estoy armando un mazo de barajas compuesto exclusivamente por cartas encontradas, y todavía me faltan muchas. Igual, no tengo apuro por completarlo; calculo que en unos veinte o treinta años más podré tener las 40 piezas. Y eso que el Destino me ha tentado muchas veces con mazos cuasi completos, tirados ahí, junto al agua podrida (1). Pero tomar todas esas barajas sería como burlarse de los dioses, así que he seguido de largo, con cierta dignidad (o como diría Cortázar, “vagamente seguro de haber hecho bien”).

Hojas. Millones de hojas. Toneladas cúbicas de hojas, ramitas, semillas, espículas y otras partes de árboles que ya no sé diferenciar. Aquellas mismas hojas secas de otoño, que uno pisa con tanto deleite, oyendo sus craaaacks. ¡Qué sonido tan saludable! Ahora, en cambio, no sólo no hacen ruido, sino que amenazan con hacerte resbalar y caer al piso como una bolsa de papas.

Un… ¿Cómo decirlo? Un detritus caninus, de tamaño similar a la torta de cumpleaños de King Kong, con una pisada en medio, de la talla del paseador de Godzilla. Je, uno que no miró hacia el suelo cuando caminaba… Yo sí, siempre. Igual, si llego a pisar uno de ésos, tengo un método que funciona: se mete la pata en un charco, luego se la arrastra por tierra seca o arena (óptimo) y luego por el pastito que crece en los bordes de la vereda. Repetir 2 ó 3 veces, y voilá.

Un blister de algún medicamento. Una llave toda oxidada. Un pedazo de papel, caprichosamente aplastado contra una baldosa, con unas palabras escritas y semi-lavadas. La grafía es extraña, como escrita sobre una superficie despareja, o en movimiento. Por causa de la lluvia, no llevo puesto los anteojos, y no alcanzo a leer. ¿Qué dirá? “Medio kilo de pan y 3 huevos”. O “Golpee, no funciona el timbre”. Peor: “…no ves que no podemos seguir así?…”. Me voy sin saberlo. Tal vez la letra esté movida por ese extraño efecto que queda al escribir mientras se llora.

Para abreviar: recomiendo fervorosamente dejarse llevar por la lluvia, sin GPS ni reparos, y que la geografía misma de la ciudad nos vaya indicando el camino. Vale la pena.

Banda de sonido para esta entrada:
1) Pedro y Pablo – ¿Dónde va la gente cuando llueve?
2) Flash and the Pan – Walking in the Rain.
3) Julio Sosa – Por la vuelta.
4) Tom Waits – Rain Dogs.
5) Patricio Rey y Los Redonditos de Ricota – Ella debe estar tan linda.
6) Led Zeppelin – The Rain Song.


(*) Por costumbre, al agua que discurre junto al cordón de la vereda le llamo agua podrida, aunque sea Perrier sin embotellar. Una cosa de la infancia…

(Luchador-Tigre, P.G.Bazán 1989)

Estamos rodeados por el marketing. Si nos entregamos pacíficamente, seremos picadillo de carne. Si resistimos, será mera cuestión de tiempo hasta que caigamos en la picadora de boludos…
En la tele, en la radio, en el cine y las revistas, nos bombardean con órdenes básicas de este tipo:

  • Manda YA un SMS al *2828 con el texto NOVI, y te podés bajar a tu celular los mejores cuentos de borrachos!
  • Entrá a www.somosunosnabos.com, poné tu foto mostrando el píloro, y así ayudás a los pandas a tener un matrimonio feliz.
  • Salvá al fifanodonte del Transvaal de la extinción enviando un mail con “FIFA SI” en el asunto, a la dirección ….
  • Descargá gratis de su propia página el documental Zeitgeist, y vas a descubrir cómo te estuvieron mintiendo toda tu vida… (sic).

La publicidad siempre nos trató de lavar el cerebro; eso no se discute. El problema actual es el nivel infantil de las motivaciones. Cualquiera que recuerde la campaña de márketing viral “Que vuelvan los lentos” de una marca de snacks, sabrá de lo que hablo: no había programa de radio o TV, ni conversación casual que no mencionara la cuestión de los temas lentos, e invitaba a no sé que absurda compulsa en un sitio ad-hoc. Para peor, el tema ese de Foreigner ya me repelía cuando era nuevo, calculen lo que me provoca 20 años después…
Muy fastidioso son los avisos de una ¿empresa? que muestra -vía celular- chistes, consejos sexuales, videos de colegialas o chistes impresentables. ¿Quién puede ser tan pelotudo como para pagar para le envíen el cuento de los perros del Curro? Y sin embargo, como diría un amigo pescador, los peces pican. Sólo se trata de poner la carnada adecuada…
Entonces, ya que no podemos evitar que la publicidad (disimulada al principio, descarada hoy día) nos intente lavar la cabeza, modestamente propongo un antídoto que nos permita salir airoso de un enjuague final.
La idea me la dio Alfred Bester en “El Hombre Demolido”, donde el villano engañaba a los telépatas que querían “leerlo” mediante la repetición mental de una melodía pegajosa de estribillo irresistible (“Tensión, compresión y empieza la disensión!”). En vez de preciados secretos, lo que se llevaban los invasores era una tonada insoportable en su propia cabeza.
Ante los primeros síntomas de posesión, debemos desacreditar la canción o mensaje, alterando su contenido. Por dar un ejemplo, cuando era chico pasaban una publicidad de arvejas “Valle de Oro”, que me molestaba por su repetición. Le cambié la letra, y a tal punto tuve éxito, que hoy sólo recuerdo mi versión fraudulenta (“…Ahí vienen las arvejas, están todas podridas, Arvejas Valle de Oro, Arvejas Valle de Oro…”). Olvidé cómo sería la original.
Si un jingle radial insoportable alaba las virtudes de un producto, cambiémosle la letra para denostarlo. Se nos pegará más nuestra versión inofensiva que la del producto. Y por supuesto, ni hablemos de comprar dicho producto o servicio. ¿O usted, lector, contrataría un seguro porque vio un aviso gracioso?
Armémonos, camaradas, que la lucha hoy día no es por ideologías, si no por el porcentaje del share…

(Déjà Vu - P.G.Bazán, 2001)

Todos hemos pasado, en alguna etapa de la vida, por un período de… ¿cómo decirlo..? “Pelotudez en barra”, con perdón de la mesa puesta. Es decir, un grupo de jóvenes ociosos, con más imaginación que buen juicio, y con ganas de divertirse a costa del prójimo.
No voy a revelar los nombres de mis cómplices, ni el de nuestras víctimas; los nombres han sido cambiados para proteger a los inocentes.
Nuestro dogma era producir perplejidad, un mínimo asombro que hiciera que la víctima dudara de su concepto de la realidad, que fuera testigo de un hecho ilógico. No admitíamos ese tipo de bromas que terminan con una víctima humillada, indefensa, temblando de ira y vergüenza por el mal rato pasado. Nuestro objetivo era, simplemente, crear un hecho artístico imperceptible.
El procedimiento era simple: se buscaba una víctima anónima y sedente: por ejemplo, un señor parado en una esquina, una de esas personas que pertenecen a esa raza de inmortales que realiza una actividad que no comprendemos, y emplea mucho tiempo en ella.

Para describir una de nuestras perfomances, o “platos del día”, usaremos los siguientes términos: la víctima será el cliente y los actores, los camareros; el jefe de operaciones, que no interviene salvo en una emergencia, es el cheff. Como en esa época no existían los celulares, trabajábamos con un lenguaje de señas previamente acordado. Y era importante que hubiera un teléfono público cerca.

Paso 1: ubicado el cliente, se acercan a él los camareros A y B, hablando entre ellos alegremente y a viva voz:
- … qué jugador, por Dios; lástima que lo quebraron y tiene para 5 fechas.
- ¿En serio?
- Sí; lo sacaron de la cancha y lo llevaron directamente a la Clínica del Buen Pie.
Se alejan, con comentarios elogiosos sobre dicho nosocomio.
Dejar pasar 5 ó 10 minutos entre un paso y otro.

Paso 2: el camarero C se dirige al teléfono público y realiza una falsa llamada a un falso médico.
- ¡Hola, doctor! ¿Cómo está? …. Si, es por la radiografía… Y me derivan a…. Sí… Traumatólogo…. La Clínica del Buen Pie… Sí, anoto…. ¡Gracias, doctor, buenas tardes!
El cliente, si oyó ambas conversaciones, piensa en casualidades.

Paso 3: Camareros E, F y G pasan, fingiendo una agria discusión, en la que se menciona la bendita Clínica.
A esta altura, el cliente empieza a dudar de su cordura o de la realidad, o bien sospecha la verdad: se trata de una conspiración bastante tonta…
Advertencia: nunca un camarero tomará contacto con el cliente, ya sea preguntando la dirección de dicho establecimiento, u otra treta similar. El cliente debe ser testigo, no actor; si el cliente se acerca y pregunta algo, deberá ignorárselo (como los camareros en la vida real, je!).

Si, después de tantos años, alguno de nuestros clientes está leyendo esto, sepa disculpar nuestra maldad inofensiva; si, en cambio, aquello le hizo pensar acerca de la naturaleza de la realidad y de la percepción… no creo que ahora esté leyendo esto.

Escena hecho con Bryce® (Rambler”, 2002)

Si en el post anterior hacía aparición la entropía o desorden, en éste me voy a ocupar del orden.
En general, a fin de año hago un despulgue de papeles, programas de cine, invitaciones (a eventos que no fui), folletos, volantes comerciales, y todos los otros tipos de necedades impresas. Esta vez me retrasé un poco, y este fin de semana pasado se apoderó de mí una Santa Cólera y comencé a desechar porquerías que, en algunos casos, databan de mediados de los ochentas. Y dentro de un sobre, con otros papeles sueltos había unas anotaciones de mi puño y letra (qué sensación de extrañeza ver algo escrito por uno hace mucho tiempo) que eran, curiosamente, recetas.
Dentro de ese mismo sobre viejísimo y arrugado también había recortes de diarios, fotocopias de escenas de películas de film-noir (reconocí “Adiós Muñeca”, con Dick Powell), tres páginas arrancadas de algún viejo diccionario ilustrado con referencias a la novela negra estadounidense, y un guión de historieta toscamente tipeado y lleno de anotaciones marginales. Sí, era mío, y lo había olvidado.
Era el primer borrador de una historia de ficción que incluía un detective a lo Chandler, un cliente que quería recuperar una estatuilla antigua y valiosa, y una secta misteriosa. “El Caso Ptolomeo” ponía en la portada, y el héroe se llamaba (en esta encarnación) Rambler.

Doble central de “El Caso Ptolomeo” (1987)

Era una historia de 8 páginas en blanco y negro y salió, con bastantes cambios en el guión, en un fanzine de nombre “La Brújula”. Las fotos y los otros datos eran referencias para la ambientación de la historia. Y como los detectives de ficción beben bastante, en especial bourbon (whisky de centeno), evidentemente quise hacerlo un poco menos convencional y busqué licores exóticos. Y anoté varios tipos de bebidas fácilmente realizables en mi propio domicilio con las que experimentar, entre las que estaban el licor de café y el Irish Cream. Estas son las dos recetas.

Licor de la Tía
Agua: 1 litro
Azúcar: 500 grs.
Té: 4 saquitos
Café: 350 cc, bien fuerte.
Vainillina: 1 cucharada
Alcohol etílico: 250 cc.

Preparación: Colocar en una olla un litro de agua fría el azúcar y disolverlo. Luego, llevar al fuego. Al romper el hervor, colocar el té y dejar cocer durante 10 minutos. Retirar los saquitos y seguir la cocción hasta que quede un tercio del agua y se forme una especie de almíbar. Dejar enfriar. Hacer un café bastante fuerte: café como para un litro, pero en agua como para 350 cc. Va a quedar un café bastante espeso y aromático. Agregar al preparado anterior. Cuando todo esté frío, agregar el alcohol. Embotellar y dejar estacionar 15 días antes de consumir. No requiere frío y se la banca un año.

Irish Cream
Whisky: 2 tazas
Leche condensada: 2 latas
Extracto de vainilla: 2 cucharaditas
Glicerina: 2 cucharaditas
Café instantáneo: 1 cucharada

Preparación: Colocar los ingredientes en un bol y mezclar con batidor de alambre durante 5 minutos. Una vez mezclado todo, colocar en una botella oscura y guardarla en la heladera. Como no contiene conservantes, dura cerca de seis meses.

No lo veo a Sam Spade o Phillip Marlowe tomándose un Tía María® o un Baileys®, así que lo hice bebedor de vodka, como yo. O yo como él, que es peor… Después, el personaje quedó archivado y-casi- olvidado. Pero no así las recetas de los licores.
Si se animan a prepararlos, me cuentan cómo les salieron.

Saludos.

Actualización: Licor de Dulce de leche

Ingredientes:
500 cc. de agua
500 grs. de dulce de leche (no el repostero)
400 grs. de azucar
250 cc de alcohol etílico

Preparación:
Poner en una olla el agua con el azúcar, y colocarla sobre un fuego no muy fuerte hasta obtener una especie de almíbar. Añadir el dulce de leche y revolver hasta mezclar todo. No tiene que romper el hervor! Enfriar, agregar el alcohol y envasar. Requiere frío y dura unos seis meses.

Ahora sí, chau.

A instancias de una vieja y reencontrada amiga, he vuelto a mi primer amor, el dibujo. La última vez que había hecho una ilustración como la gente (es decir sobre papel Schoeller, coloreado con aguada de tinta y acrílico, y repasado de las líneas con el Rotring) fue allá por los noventas. Muchas cosas han cambiado desde entonces…
En primer lugar, la modernización de los procesos de producción gráfica. Antiguamente, al original terminado se le hacía un fotocromo que después terminaba dividido en cuatro planchas de impresión (colores Cian, Magenta, Amarillo y Negro, o CMYK) para el sistema offset. En el proceso de captura de la imagen, era corriente la pérdida o unificación de ciertos matices, o el posible virado de color. Ahora, en cambio, ¡el original se hace directamente en la computadora!
Se dibuja la ilustración en lápiz (gracias a Dios, algunas cosas nunca cambian), se pasa a tinta y se escanea a escala de grises en alta resolución (300 dpi). Y aquí viene lo simpático del caso: el tratamiento informático en Photoshop.
Los ilustradores grosos dibujan directamente en la PC mediante una tableta digitalizadora (Wacom) que permite dibujar y hasta pintar el original. Como soy un croto, uso el camino más difícil: pinto con el mouse!
Con las herramientas de sombreado e iluminación, se le dan volúmenes al dibujo (a menos que uno sea de la escuela belga de la “línea clara”, con lo cual se aplican grandes plenos).

Más tarde, seleccionando y aislando cada sector para pintarlo por separado, me doy cuenta que el tiempo pasa de un modo impiadoso: cada vez que miro la hora me asombro de lo mucho que ha avanzado la aguja horaria. Se ve que estoy entretenido… Luego, se pasa la imagen en gris a color (RGB = 16,7 millones de colores posibles!).
Photoshop tiene una opción muy simpática, que es la de aplicar color a una superficie gris. Jugando con los valores de Matiz, Saturación y Brillo, se van tiñendo las áreas fácilmente. Y qué simple es ahora el arreglar una macana! Se puede volver el tiempo hacia atrás y arreglar el error (cosa que en la vida real es imposible, porque el tiempo, en realidad, no pasa; es un subproducto de nuestra conciencia, somos nosotros los que pasamos). Antes, tenía que aplicar capas y capas de acrílico para tapar el desastre.
Y como uno es un jodido, se puede seguir jugando con la imagen, y se le puede agregar texturas, brillos metálicos y efectos de luz (ver hebilla del cinturón) y otras virguerías. Este es el resultado final:


Se puede decir lo que quiera de las computadoras: que tienen a la gente encerrada en cubículos, que fomentan la violencia en los niños, que… Qué se yo: para mí es una herramienta de trabajo muy valiosa. Y entre una cosa y otra, pensando en la entropía o desorden cósmico, la famosa “flecha del tiempo”, veo que debo limpiar el mueble de la PC, lleno de tazas de café, migas de bizcochitos de grasa, salpicaduras de mate y fragmentos de goma de borrar. El tiempo no pasará, pero yo tengo un sueño que me caigo.
¡Abur!

¡Se viene la Fin del Mundo!

Vivo en una ciudad extraña, siempre bajo asedio, siempre a punto de sucumbir por el capricho de los dioses. Primero fue la Granizada Asesina (8/2006). Después, tuvimos una Nevada Mortal (7/2007) y una Tromba Marina Letal (3/2008), sin contar los Lockouts Sojeros, que provocaron la falta de alimentos en varios sectores de la ciudad, el Meteorito Fantasma de Entre Ríos, y ahora la bíblica Plaga de Humo Pestilente.
No voy a lamentarme aquí del olor molesto, ni de la picazón de garganta y ojos, ni de ese persistente gusto a quemado que tiene cualquier comida ingerida en estos días. No; simplemente quiero dejar asentados aquí algunas apostillas sobre la Plaga de Humo, y que no encontrarán en ningún Manual del Superviviente Bonaerense.

  • Los atardeceres se ven más impactantes con ese tono rojo-apocalipsis, que tanto inflama el alma (y los pulmones).
  • Algunas chicas prudentes (y algunos asmáticos y alérgicos) ya viajan en los transportes públicos con barbijo. Imposible no asociarlo con el velo oriental y pensar, ¿cómo se verán sin el barbijo?
  • Dice la fría crónica: Kin Zhong Li fue capturado en septiembre de 2006 cuando circulaba en bicicleta con un bidón de nafta, fósforos y un arma en su poder, y liberado después. Apresado nuevamente en febrero del 2007 por posesión de bombas Molotov. Se le atribuye el incendio de 11 mueblerías.” Me pregunto si seguirá encarcelado…
  • Un apicultor aficionado del Delta me cuenta, preocupado, que esta humareda no le hace nada bien a sus abejas. Modestamente, a mí tampoco, y eso que no produzco miel.
  • El chiste obvio: “¡Si los campos incendiados fueran de otra cosa, nadie se quejaría, je, je..!”.
  • Aprovechen los fumadores a despacharse a gusto: ¿quién se va a dar cuenta que están fumando? Ya se han visto a precoces fumadores volver orondos a sus casas, sin cuidarse del tufo a pucho en sus uniformes escolares.
  • Cada vez que alguien dice “humo en el ambiente”, no puedo dejar de contestar “…y un montón de gallinas” (“Mamá planchame la camisa”, Suéter, 1984).
  • Las teorías conspirativas sobre el origen de los incendios oscilan entre latifundistas que se quieren salvar con un fraude al seguro, pasando por el misterioso meteorito entrerriano (que nadie encontró) que originó el fuego, hasta los que sospechan que esto se hizo para que la gente se sintiera mal y se descargara contra el Gobierno. Andá a saber…
  • Uno, que no sabe nada, se pregunta: si hace como seis días que dura el incendio, esos campos deben tener el tamaño de Australia, y más vegetación que el Amazonas… El humo llegó hasta el Uruguay y todo.
  • No falta el que siempre se queja: “claro, ustedes los porteños se quejan porque les tocó ahora; nosotros tenemos este problema todos los años”. Uno se queja cuando le ocurren las cosas, no antes. Eso de nosotros vs. ustedes termina siendo muy funcional. Como diría Larralde: “no pretenda buscarle diferencias; unifique: es ley de patriotismo”.

Hoy, viernes, se ha sentido un poco más el efecto de la Plaga. Por las dudas, estuve observando detenidamente el comportamiento de los animales del barrio. Ya se sabe: suelen no tomar partido por teorías conspirativas, así que son bastante confiables (en ese sentido). El perro de la vuelta me ve, en silencio, caminar a lo largo de su portón enrejado y, cuando estoy por alejarme del todo, se me lanza como cancerbero echando espuma y rugiendo leoninamente: hasta ahí, normal. Los pajaritos del barrio (esos que empiezan a cantar cuando uno vuelve borracho a casa) siguen con su negocio. Como en “Encuentros Cercanos…”, convendrá salir a la calle con una jaulita preventiva.

La cosa no tiene visos de solución inmediata. Más allá de reclamar cabezas y repartir culpas, habría que investigar en serio qué pasó. Porque debido a la humareda murió gente en accidentes de tránsito, y me gustaría que todos los que rompieron las cacerolas por cuestiones mucho más discutibles, salgan ahora a reclamar por la salud de todos.
El aire es, por ahora, respirable. Veremos cómo sigue la cosa.

El post anterior trataba sobre la ubicuidad de las máquinas de Goldberg y sus variaciones; como todo tiene que ver con todo, esto enlaza con las Variaciones Goldberg, escritas por Bach, que tenía un amigo que tenía un hijo que se llamaba Johann Pachelbel, músico también él, famoso por su composición “Canon en Re mayor”.
El Canon (cuyo nombre completo es Canon y Giga en Re mayor para tres violines y bajo continuo) es una de las piezas más “homenajeadas” en el campo de la música popular. A continuación, una escueta lista con las canciones más conocidas que han incluido – de modo más o menos reconocible – el Canon de Pachelbel:

Pachelbel vs Green Day, por The Other Guys (grupo coral de la Univ. Illinois-Champaign)

Aerosmith – Cryin’
Andrés Calamardo – Paloma
Arjona – Señora de las cuatro decadas
Avril Lavigne – Sk8ter Boy
Beach Boys – Good Timin´
Bob Dylan – Working Man´s Blues #2
Bob Marley – No Woman, No Cry
Bush – Machinehead
Coolio – C U When U Get There
Dire Straits – Tunnel of Love
Green Day – Basket Case
Happa-tai – Yatta
Juanes – Volverte a Ver
Natalie Imbruglia – Torn
Oasis – Don’t Look Back in Anger
Pet Shop Boys – Go West (1993)
Polyphonic Spree – Light and Day/Reach for the sun
Ralph McTell – Streets of London
Scatman – Scatman´s World
Spiritualized Ladies and Gentlemen – We Are Floating in Space
The Beatles – Let It Be
The Farm – All Together Now
Twisted Sister – We’re Not Gonna Take It
U2 – With or Without You
Village People – Go West (1979)
Vox Dei – Presente

Seguramente, debe haber más piezas inspiradas por este canon. Circulan por Internet muchas versiones de esta composición, especialmente dos que quisiera rescatar. La primera es de un coreano que decidió electrificarla; la segunda pertenece a un comediante que, hacia el final del video, reseña las distintas canciones influidas por el Canon. En Wikipedia existe un dossier bastante extenso sobre los usos del canon en cine, TV y videojuegos.

La primera vez que la oí fue en un cassette llamado “La Música de Cosmos”, banda sonora de la serie de Carl Sagan, y me pareció una belleza. También allí escuché, por primera vez, a una obra que me conmueve hasta los tuétanos: la Partita para solo de violín No. 3 de Bach.
Desde entonces, el Canon de Pachelbel me persigue a todos lados, lo cual no es algo malo, si bien se mira...

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